viernes, 18 de septiembre de 2009

El doctor Ángel Gallardo

Cuenta Cristian Moreschi, en su libro “Camino de la Historia”, que el chalet “Los Espinillos” se hizo famoso por ser el lugar donde vivió la última etapa de su vida Manuel de Falla, y que la fama del compositor opacó a otro gran personaje que vivió en Altagracia, concretamente el que la hizo construir: el doctor Ángel Gallardo.
¿Y quién era este doctor Ángel Gallardo? Fue un destacado científico e investigador en ciencias naturales, y también un hombre público que representó a nuestro país en las más altas esferas.
Nació en Buenos Aires el 19 de noviembre de 1867. Cursó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de esa ciudad y posteriormente se graduó de ingeniero civil. En sus memorias nos cuenta: “A los seis años comencé por mi cuenta los estudios científicos leyendo hasta aprender de memoria “Las metamorfosis de los insectos” de Maurice Girard, y la “Historia de las hormigas” de Huber. Cuando volvía del colegio observaba las hormigas… mientras comía bizcochos de panadería y naranjas, de las cuales participaban también las hormigas; … comprobé que, en ciertos nidos, había, además de las obreras, otras formas cabezonas (soldados de Pheidole) de las cuales no decían nada los libros… Este descubrimiento me demostró que los europeos no sabían nada de nuestras hormigas y me propuse estudiarlas algún día y escribir un libro que revelara estas novedades”.
Su amor por la naturaleza lo llevó a realizar, desde su juventud, varios viajes a Europa para aprender de grandes personalidades del ambiente científico de su época. Asistió por ejemplo a las primeras a las primeras conferencias sobre radiactividad que eran dictadas por su descubridor Henri Becquerel y por los esposos Curie. También realizó cursos sobre herencia, embriología e historia vegetal. Además asistió a una clase magistral sobre la división celular dictada por Van Tieghem, en el Museo de Historia Natural de París.
Al regresar a la Argentina se doctoró en Ciencias Naturales en 1901, como alumno del doctor Carlos Berg, por entonces director del Museo Nacional, al cual reemplazó interinamente en el cargo en 1897. Tras la muerte de Florentino Ameghino ocupó, en 1912, la dirección del Museo Nacional de Historia Natural. Desde su cargo impulsó las mejoras para las secciones de botánica y paleontología, fomentó las excursiones y gestionó un nuevo edificio para resguardar las valiosas colecciones que se habían logrado reunir a lo largo de los años.
Se dedicó al estudio de los insectos, particularmente de las que eran su pasión: las hormigas. Sostuvo además una hipótesis sobre el proceso por el cual se producía la división celular, la cual fue presentada en la Sorbona de París en 1912. Dicha hipótesis se consideró por años como la explicación más probable de este fenómeno.
Escribió textos de nivel secundario sobre biología, pero entre sus numerosas publicaciones se destacan “Las hormigas en la República Argentina”, con la que concretó su sueño de juventud de publicar un libro al respecto, y “Bipolaridad en la división celular”.
Ocupó altos cargos públicos en la administración y en la diplomacia. Entre 1916 y 1921 estuvo a cargo del Consejo Nacional de Educación, logrando duplicar el número de escuelas nacionales. En 1921 fue embajador en Italia, y entre 1922 y 1928 se desempeñó como Ministro de relaciones Exteriores del gobierno de Marcelo T. de Alvear. Presidió la Sociedad Científica Argentina y la Academia Nacional de Ciencias. Enseñó botánica e historia natural en el Colegio Nacional y fue profesor de zoología de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, de la que fue rector en 1932.
Su contacto con Altagracia se debió a, como sucedía en esa época, la necesidad de mejorar la salud de Guillermo, uno de sus hijos, ubicándose con su familia en el Sierras Hotel. La mejoría en la enfermedad lo llevaron a tener su propia casa en Córdoba. Fue así que mandó construir el chalet Los Espinillos, estableciéndose por temporadas enteras, alternando el descanso con la investigación de la flora y fauna autóctona, y sus ocupaciones en la capital, siendo su primer morador famoso. Años después don Manuel de Falla opacó su fama como habitante ilustre de la casa.
El doctor Ángel Gallardo, el señor de las hormigas, muere el 13 de mayo de 1934.
Otro personaje notable que dejó sus huellas en nuestra ciudad.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

ERICH KLAIBER

Mi querida ciudad de Altagracia no deja de sorprenderme. Como en una particular Caja de Pandora, a medida que sondeo en su historia, siguen saliendo una galería de personajes notables que vivieron y disfrutaron de nuestra tierra.
Uno de ellos ocupa el lugar de hoy: Erich Klaiber.
Nació en Viena un 5 de agosto de 1890. Sus estudios los cursó en Praga, y por sus grandes virtudes en 1923 se convirtió en director musical de la Ópera Estatal de Berlín.
En 1926 visitó Buenos Aires como invitado, enamorándose no solo de nuestro país sino de la que fue su esposa y compañera, la estadounidense Ruth Goodrich, a quien le propuso matrimonio en la primera cita, durante un almuerzo en el grill del Hotel Plaza.
Vuelve a la Argentina en 1937, luego de que tres años antes renunciara a su puesto en Alemania, como protesta contra el régimen nazi cuando por decreto censurara y decretara como “arte degenerado”, su puesta en escena de la obra “Lulú” de Alban Berg.
Ya en nuestro país asume como director musical del Teatro Colón, cargo que ocupó hasta 1949, adquiriendo la ciudadanía argentina en 1938, luego de renunciar a la austríaca tras el plebiscito con que Austria se anexó al Tercer Reich.
Fue por su amistad con Manuel de Falla que Kleiber conoce Altagracia quedándose prendado del lugar. Compró un campo de 30 hectáreas camino a La Rinconada, casi recostado sobre el faldeo de las sierras chicas, allí construyó un chalet de dos plantas que llamó “La Fermata”. Para los eruditos en música, la fermata es un punto en la ópera, cerca del final donde la música parece detenerse. Para el maestro eso era su campo, un remanso donde el tiempo y el sonido parecían no existir. El lugar era el escondite perfecto para escaparse del ruido de la capital y concentrarse en sus conciertos, estudiando las partituras o prepararse para las próximas presentaciones.
Después de la Segunda Guerra Mundial, a principios de la década del 50, vuelve a Europa cuando le ofrecieron nuevamente el cargo en la Ópera Estatal de Berlín, que se encontraba en la zona rusa de la ciudad, pero al descubrir que para los comunistas no era persona deseable, tal como sucedió con los nazis, renunció sin haber dirigido un solo concierto. Convirtiéndose, entonces, en un director invitado estrella, sin tener un puesto fijo.
Como director fue un pionero de la modernidad, un universalista con visión de futuro, un perfeccionista, un artista de inusual coraje ético y compromiso con los tiempos difíciles que le tocaron vivir.
Kleiber ya no volvería a su tierra adoptiva, murió en Viena de un ataque al corazón, el 27 de enero de 1956, día en que se festejaba el bicentenario del nacimiento de uno de sus ídolos: Wolfgang Amadeus Mozart.
Su casa en Altagracia está como era entonces, al caminar por su jardín uno puede disfrutar del mismo silencio que inspiró sus horas más placenteras.

Fuente: Diario La Nación, 20/9/2006 y Libro “Camino de la Historia”, de Cristian Moreschi.




Bruno Walter, Arturo Toscanini, Erich Klaiber, Otto Klemperer y Wilhelm Furtwängler
Berlín, 1929

martes, 15 de septiembre de 2009

Andrés Piñero


Andrés Gregorio de las Mercedes Piñero, tal su nombre completo, nació en Córdoba el 12 de marzo de 1854. Sus primeros años de estudio los cursó en el colegio Monserrat, siendo condiscípulo de otro grande de la pintura cordobesa, Genaro Pérez. Entre estas antiquísimas paredes hizo sus primeras aproximaciones al dibujo, despertando sus ambiciones de crecer en el arte. No cursó estudios universitarios, se dedicó al comercio junto a su padre, adquiriendo una sólida fortuna que le sirvió para dedicarse a su verdadera pasión, la pintura.

En 1881, con el jesuita José Bustamante, fundó el "Taller de la Sagrada Familia". En 1913, durante el gobierno de Ramón J. Cárcano, integró la Comisión de Bellas Artes junto, entre otros, a Octavio Pinto, Emilio Carafa y Hugo del Carril. En 1915, aportó su entusiasmo y gran voluntad a la labor de la Academia de Bellas Artes.

Su profunda raigambre cordobesa se reflejó en sus paisajes y en sus retratos de personajes serranos. Obras como "Escena de campo", "Viejo Portal", "Paisaje de Alta Gracia", "Iglesia de Alta Gracia", "Cementerio de Alta Gracia", lo demuestran. Como buen cordobés, no ocultó sus profundos sentimientos religiosos y los expresó en grandes óleos, algunos de los cuales adornan la iglesia de San Francisco, y otros, la iglesia de la Compañía de Jesús.

Este misticismo tan particular tuvo un canal de expresión en algunas telas como en la que retrata a su familia, en la misma aparecen junto a los miembros vivos, los muertos identificados con un resplandor blanquecino especial y transparente. Esta pintura se encuentra en el Museo de la Ciudad de Alta Gracia.

Contrariamente a muchos de sus contemporáneos, no presentó sus obras en otros escenarios, ni se preocupó por lograrlo, su verdadero placer era exponerlas entre sus coterráneos para que las disfrutaran.

Alta Gracia fue muchas veces motivo para su paleta, ya que vivió en la casona que hiciera construir su padre, conocida como "casa de los Cafferatta", y que es la actual Casa de la Cultura en nuestra ciudad.

Fue un artista capaz de enternecer, de mistificar en sus grandes óleos religiosos, de honrar a su familia en retratos plenos de vida, en fin un empeñoso trabajador del arte, capaz de renunciar a las mieles del éxito, porque su éxito estaba en realizarse acá en su suelo donde se afirmaban sus raíces.

Don Andrés Piñero murió en 1942. Su casa en Alta Gracia conserva el alma de este artista que pintó nuestros paisajes serranos con auténtico sentimiento cordobés.
Fuente: "Andrés Piñero, cordobés de pura cepa", de Nilda Beatriz Moreschi. Artículo publicado en el libro "II Jornadas de Historia de los Pueblos de Paravachasca, Calamuchita y Xanaes"

"Escena de Campo", óleo de Andrés Piñero

lunes, 14 de septiembre de 2009

Padre Domingo Viera

Nació un 15 de julio de 1910, vivía en un paraje llamado San Antonio, 30 km al oeste de Villa Cura Brochero, entre lomadas y llanos. Sus padres fueron Mariano Viera y Teresa Camus, fue el menor de ocho hermanos: Ángel Rafael, Margarita Luisa, Vicente, María Teresa, Filomena, Miguel Horacio, Griselda y él, Domingo.
Decía que siempre había pensado que el Cura Brochero le había alcanzado de Dios la Gracia y la Luz de su vocación religiosa. Y así fue que a los quince años, el 7 de abril de 1926, entró al seminario, y el 18 de septiembre de 1937 se ordenaba sacerdote.
Su primer destino fue como Vicario Cooperador en la Parroquia de Santa Rosa de Río Primero, por extraña casualidad lugar natal de su admirado Cura Gaucho, el 5 de febrero de 1938. Cuatro años después, el 10 de mayo de 1942, fue designado párroco en San Agustín. Allí fue que su madre que vivía con él, y lo siguió haciendo hasta que murió en 1966, toma a su cuidado a quien sería como su hermano menor: Hugo Ricardo Sánchez, “Neco”, como todos lo conocimos, quien lo acompañó toda su vida.
Siete años estuvo en San Agustín hasta que el 9 de enero de 1949 tomaba posesión de la Parroquia Nuestra Señora de la Merced en Alta Gracia. Le tocaba reemplazar a un gigante, el Padre José Buteler, hecho que en alguna medida lo condicionó, ya que era un personaje de una personalidad y potencia intelectual y espiritual tan fuerte que cuando Monseñor Laffite le dijo que lo designaba párroco de Alta Gracia, le hizo exclamar: “¿Y qué voy a hacer yo a Altagracia, donde ha estado un Rey, como el Padre Buteler?” Pregunta a la que el Obispo respondió: “¡con tu sencillez vas a ser igual o más que tus antecesores!”.
Hablar del Padre Viera es hablar de abnegación, desinterés, entrega total . Durante los años de su misión no dejó a un lado a toda persona que lo haya llamado, ya sea de día o de noche siempre acudía. Su entrega a los demás fue siempre la meta de su vida por lo que, a pesar de tener tanto trabajo en una comunidad tan grande siempre se la arregló para multiplicarse y estar en todos lados. No solo estaba en las tareas de la Parroquia, nunca dejó de abandonadas a las capillas de las sierras a las que iba a caballo, mula, en su viejo Ford, y hasta a veces a pie. Una faceta de su personalidad a destacar era su simpatía y buen humor permanente, aún ante el dolor y las dificultades mayores. Sus famosos “cuentos”, que no existe ninguna persona que haya tenido el placer de compartir un rato con él que nos los haya escuchado. Su sonrisa, su palabra de aliento y esperanza siempre con los demás. Su optimismo aún después de haber soportado muchas intervenciones quirúrgicas que fueron debilitando su salud. Vivió siempre en contacto con la necesidad, con la pobreza, transmitió humildad, alegría, seguridad, siempre bajo el ala de una fe profunda e inquebrantable que no lo dejó caer, ni siquiera tropezar, a pesar de muchas cosas no siempre agradables que le tocaron vivir.
Una vida y una actividad como la del Padre Viera no puede ni debe perderse en el olvido. Cuando una vida se constituye en un ejemplo digno de ser vivido y de ser emulado, debe ser rescatada por los contemporáneos que tuvieron y tienen la felicidad de disfrutar de ese privilegio y transmitirla a la posteridad para que se multiplique en alimento y ayude a la salvación de los hijos y nietos que vienen detrás nuestro.
Todas las generaciones de altagracienses tienen la obligación moral de recoger su concepto de vida, su sentido de Dios, su visión de hombre, la conciencia de la responsabilidad, el ejemplo de su dignidad y de su moral, su humildad y servicio brindado por amor a Dios y al prójimo…
Los que hacen de su vida historia, aunque jamás hayan tenido esa intención, deben ser conocidos por la posteridad y valorados en el contexto en que desplegaron sus virtudes.
En el final de esta breve reseña de este pequeño gran hombre, transcribo parte de las palabras finales de su autobiografía:
“¡Cómo no voy a dar gracias a Dios que a lo largo de tantos años me ha colmado de bendiciones y gracias, entre ellas la mayor y más maravillosa, la de haberme hecho participante de su sacerdocio eterno, haciéndome Sacerdote y Ministro suyo en la transmisión de su mensaje de salvación y administrador de su gracia en los Sacramentos!”.



Fuente: "Recuerdos del Rvdo. Padre Domingo Viera", por Orlando Sixto Perez

miércoles, 15 de julio de 2009

Pepe

Hace unas horas el sol se ha levantado, redondo y brillante como una gran bola de fuego. Es un día muy frío de julio y en el Tajamar, como ocurre a diario, pasa la gente rumbo al centro a realizar sus trámites o compras, o los jóvenes se juntan aprovechando el receso escolar de invierno a tomar mate y charlar. Algunos turistas se pasean sacándose fotos en el histórico predio.
Y allí lo veo, sereno, sentado, apoyado contra un árbol. Lee un diario viejo, paso a su lado y lo saludo: “¡Hola!”, y me responde: “¡Hola, muchacho! ¿cómo estás, cómo andan tus cosas?”.
Tiene una barba profusa y muy canosa y una gorra que esconde su larga cabellera, también grisácea por las canas. A su lado están las bolsas que transporta siempre como un preciado tesoro, vaya donde vaya, ellas van con él.
Cuando yo lo conocí era acomodador en el viejo cine Monumental, alguna vez, cuando la función era de dos películas, me dejó entrar gratis a ver la segunda, disimulado entre la gente que salía en el intervalo.
Tenía una casa cuyo interior destruyó un voraz incendio hace unos años, en lo que quedó de ella se refugia todas las noches para protegerse de las inclemencias del tiempo.
Es un personaje particular, bohemio y filósofo. Alto, flaco, movedizo, siempre saluda a la gente que pasa. Los fines de semana se lo ve mezclado entre la gente que pulula por el lugar. Le gusta mucho hablar y frente a quien quiera oírlo él reconstruye su pasado pleno de recuerdos y nostalgia.
Es difícil encontrar a aquel que fue entre los gestos cansados de su rostro, es difícil adivinar que fue lo que lo llevó a esta vida de la que quizá no salga o de la que quizá no quiera salir. En su mal se consuelan los tontos, lo condenan los engreídos, lo olvidaron los que lo han querido. Guardián ad honorem del Tajamar histórico, pocos saben su filosofía y pocos saben lo que es su vida. Vida que será así hasta el último minuto en el que lo lamentaremos los que lo conocimos.
Para nosotros, para todos, es simplemente PEPE…..

viernes, 26 de junio de 2009

Los encantos de mi ciudad


El Parque García Lorca nevado


Altagracia, mi ciudad, lugar donde los que vengan a visitarla se encontrarán con rincones donde la naturaleza serrana los espera con todos sus encantos. El arroyo Chicamtoltina, su afluente el Caocamilín, el Primer Paredón Jesuítico, la Gruta de Lourdes y el Parque Federico García Lorca, son sólo algunos de los atractivos que mi tierra ofrece a quienes deseen disfrutar de la paz del paisaje.

Tomando como punto de partida la Plaza Manuel Solares, y deseando llegar hasta una de estas bellezas, bastará con que bordeen el Tajamar y suban por cualquiera de las calles hacia el oeste.

El canto de los pájaros y el correr del agua, enmarcados por el cinturón azul de las sierras son aquí un verdadero regalo para los ojos.

El Chicamtoltina recorre la ciudad de oeste a este, a sus riberas las familias, los jóvenes y los no tanto, los amigos, se juntan en cualquier época de año a compartir el asado o el mate con su correspondiente guitarreada.
Desde la terminal de ómnibus, siguiendo hacia el poniente se encuentra el Santuario de Lourdes, un enorme socavón natural en la piedra que fue el lugar elegido, a principios del siglo pasado, por doña Delfina Bunge de Gálvez, esposa del conocido escritor Manuel Gálvez, para honrar a la Virgen que, según cuentan, salvó la vida de su pequeña hija gravemente enferma. Doña Delfina había prometido erigir un santuario similar al que posee Nuestra Señora en Francia, y así lo hizo.
Desde entonces miles de fieles llegan hasta la Gruta, en especial el 11 de febrero en que tiene lugar la celebración en Lourdes. Hasta allí llevan sus súplicas y agradecimientos en una multitudinaria muestra de fe que se renueva año tras año, convirtiéndolo en uno de los santuarios más importantes del país.

Avanzando por el mismo camino, un poco más adelante encontramos una hermosa cascada y un diquecito construído por los jesuítas como parte del sistema de riego que abastecía a la Estancia de Altagracia. Allí se represaba el agua que, a través del arroyo, llegaba finalmente al Tajamar desde donde se distribuía hacia las quintas.

Otro ejemplo de la obra de la Orden de Loyola que puede apreciarse ahí mismo, es la antigua hornilla donde se quemaba la cal utilizada para levantar las obras declaradas Patrimonio de la Humanidad en el año 2000.
Altagracia, la de "la lacia cabellera del sauzal", sigue enamorando con sus encantos.

viernes, 5 de junio de 2009

Los esclavos negros en la historia de nuestra ciudad

“Conocer las propias raíces es un derecho de todo pueblo y de todo individuo, y las raíces de muchos ciudadanos altagracienses se hunden en lejanas tierras africanas. Ellos han seguido el destino común de la mayoría de los argentinos: son hijos de los mares, pero para su desgracia sus barcos fueron barcos negreros; de ahí que se los haya condenado a la desaparición de la memoria colectiva. Es deber de la sociedad toda devolverles su pasado.” (Jeannette de la Cerda).
A nuestra ciudad de Altagracia, uno de los íconos que la distinguen es la Torre del Reloj Público, monumento erigido en 1938 para conmemorar el cincuenta aniversario en que Manuel Solares cediera tierras “a los pobres de notoria honradez”, dando origen a la población. El monumento ostenta en cada una de sus aristas las alegorías de lo que entonces se consideró los tipos humanos que habían conformado los orígenes de la ciudad: el conquistador, el misionero, el indio y el gaucho. Sin embargo, el negro esclavo que estuvo presente en la historia de nuestra ciudad no está, a la torre le falta el negro.
No deja de sorprenderme que el tema de la existencia de personas de raza negra sea desconocido para la mayor parte de la población.
La historia comienza con la merced de tierras concedida a Juan Nieto el 8 de abril de 1588, tierras conocidas como Paravachasca. En su época no hay datos que consignen la presencia de esclavos negros en la futura ciudad del Tajamar. Pero se podría afirmar que participó en el comercio de esclavos dada su condición de escribano.
Recién en 1643 con la carta de donación a la Compañía de Jesús por el segundo dueño de la estancia, Alonso Nieto de Herrera, se dice que los hay en las tierras que eran de su propiedad.
Con los jesuitas, la estancia se convertiría en un centro agrícola, fabril y ganadero, cuya producción era destinada al mantenimiento del Colegio Máximo de Córdoba y las misiones guaraníes. La principal mano de obra la constituyeron los negros esclavos quienes desarrollaron las tareas que demandaba la explotación de la estancia. En 1718 había 187 esclavos, registrándose el pico más alto, 291, en 1769, cuando las instalaciones estaban bajo la tutela de la Junta de Temporalidades, luego de la expulsión de los jesuitas en 1767.
Los negros esclavos eran mayoría en la estancia, a diferencia de los indígenas cuyo número nunca sobrepasó de 50. Fueron el soporte económico en los puestos, en los telares, en la huerta, en el transporte de las carretas de bueyes que llevaban los productos a los diferentes destinos, fueron además el servicio doméstico. Trabajaron en la herrería, en el molino, produjeron vino, hornearon ladrillos, fabricaron muebles y carretas, y hasta participaron de la construcción de los edificios.
A partir de 1772 comienza una venta masiva de esclavos reduciéndose de a poco su presencia en Alta Gracia. En el censo de 1778, primero de lo que es la actual Argentina, se establece que de 304 personas que vivían en la estancia el 32,6%: 99, eran esclavos y 16,8% eran mulatos o pardos. Había solo dos indios y el resto, es decir el 50%: 152, eran blancos. Estos datos nos indican la importancia del grupo de origen africano (49,4% de la población total), la afirmación del escaso peso demográfico del indio y su menor importancia como mano de obra en comparación con los afrodescendientes.
Cuando Manuel Solares, virtual fundador de la llamada Ciudad del Tajamar, compra la estancia, todavía existían esclavos aunque en proporción mucho menor, ya que de los 333 habitantes, el 62% era de origen negro, pero sólo el 5% era esclavo. Ya no hay indios puros y los blancos representan el 38%. Las cifras nos indican la supremacía de la raza negra y sus mestizaciones frente a la blanca.
Al realizarse el censo de 1840, en la estancia, que aún era propiedad de Manuel Solares, solo el 1% de los censados son esclavos, los libres constituyen el 47% de la población y ya no hay indios. Los blancos son el grupo mayoritario con el 52%. A partir de esta fecha se inicia un declive constante en el número de esclavos, se puede llegar a decir que a partir de 1840 ya no hay más esclavos en la Estancia de Alta Gracia.
Debemos rescatar entonces el pasado, para reivindicar, como un mandato de la historia para nosotros, para las próximas generaciones, el protagonismo de los afroargentinos en nuestra ciudad, para gloria de ellos, de sus descendientes y de toda la sociedad altagraciense.

jueves, 28 de mayo de 2009

Prisioneros ingleses en la Estancia Jesuítica

Años antes de que Santiago de Liniers se radicara en estas serranías, ocurrió un hecho singular en Altagracia: En la antigua estancia jesuítica vivieron, al menos por dos años casi, 56 prisioneros ingleses.
El 12 de agosto de 1806 las milicias el mando de Liniers, reconquistaron la ciudad de Buenos Aires. Tras aquella primera invasión, fue tomado prisionero un gran número de soldados británicos que estuvieron alrededor de dos meses allí, pero a los porteños no les hacía ninguna gracia tenerlos cerca, en parte porque temían que si ocurría un nuevo ataque, los presos podían ser liberados. Así fue que ese mismo año, el Cabildo decidió el inmediato traslado de unos 1500 prisioneros a distintos puntos del interior del país. De esta manera fueron instalándose en Santiago del Estero, Tucumán, La Rioja, Catamarca, Salta, y por supuesto Córdoba, donde se los ubicó en distintas estancias jesuíticas. En esa época, la vieja residencia de los padres estaba arrendada a Manuel Derqui, y se cuenta que hasta allí llegaron 56 prisioneros y que el entonces arrendatario sobró entre 10 y 18 pesos por cada uno de ellos. Los libros hablan de una suma de 1254 pesos ingresados a la estancia en abril de 1807 y de 1335 pesos en mayo.
También se sabe que lo cabos fueron alojados en la planta baja de la ahora histórica casona, y los soldados en la ranchería y los puestos campestres.
Lejos de la antipatía manifestada por los porteños por quienes los habían invadido, se dice que los habitantes de Altagracia los recibieron casi como visitantes privilegiados. Según cuenta Carlos Page, los ingleses tenían sueldos, hacían compras, establecieron comercios, realizaban libres paseos a caballo por los alrededores y fueron invitados a muchas fiestas. Hay noticias de un casamiento entre una mujer que trabajaba al servicio de Derqui y un inglés. Dicen que el prisionero se convirtió al catolicismo y que incluso comenzó a trabajar la tierra con algunos compañeros.
No falta la leyenda que narra el trágico destino de aquel soldado, pues cuentan que conocida su liberación en 1808, y ganado por el llamado del mar y de su tierra natal, el hombre quiso escapar dela vieja estancia pero en su corrida fue alcanzado por un certero disparo. Habría sido su suegro el encargado de poner fin a la deshonra de la joven esposa. El mito dice que el inglés cayó junto al paredón del tajamar y que algunas noches aún se escuchan su lamento y el de su mujer entre el agua del estanque y el antiguo muro.

El Dr. Arturo Lorusso


El doctor Arturo Lorusso nació en Buenos Aires en 1884. Hijo de un ingeniero italiano que había llegado al país enviado por el rey Humberto I en un intercambio profesional con Argentina, se graduó de médico en la Capital Federal.
Ya en su etapa de universitario comenzó a aparecer su perfil de artista y escritor. Se costeó la carrera escribiendo en la revista "Caras y Caretas"; en esos primeros cuentos apelaba a la sátira como antesala a la carcajada, prescindiendo de los tonos agresivos.
El doctor Lorusso llegó a Altagracia en 1921 a pasar unas vacaciones por sugerencia del profesor Tronghé, quien le había recomendado el lugar. El encanto de esta villa serrana y la magia de sus paisajes ejercieron en él una influencia tan poderosa que se quedó a vivir definitivamente en la ciudad.
Este médico rural gustaba de la buena charla con sus pacientes, en su mayoría pobres, a los que no sólo les evacuaba las consultas sino que les daba los remedios gratis.
Solía decir: "Hay dos clases de enfermedades: las que se curan y las que no se curan. Y dos clases de enfermos, los que lo están porque tienen mucho dinero para enfermarse y los que lo están precisamente porque no lo tienen". Altruista y bondadoso, siempre vivió rodeado de amigos.
Fue un destacado hombre del radicalismo. Solía conversar seguido con Hipólito Irigoyen cuando se alojaba en el Sierras Hotel, y mantenía también una estrecha amistad con Marcelo T. de Alvear.
Cuentan que una vez apareció en el comité local con Irigoyen, a quien llevaba tomado del hombro. Irigoyen sugirió a los correligionarios que el presidente del partido en el departamento debía ser el doctor Arturo Lorusso; semejante aval. sumado a la consideración que los radicales le tenían, lo convirtieron rápidamente en la máxima autoridad partidaria de la zona.
Altagracia, además de cautivarlo, fue motivo de inspiración para su actividad como escritor. Enrolado dentro de la novela regional y de costumbres, su genio siempre vivo produjo obras que no tardaron en ser un éxito del cine argentino.
En 1936 ganó el Segundo Premio Nacional de Literatura porsu novela "Fuego en la montaña", llevada al cine en 1943 con guión de José Ramón Luna, Carlos Torres Ríos y Arturo Lorusso. Algunas de las escenas de la película se filmaron en Altagracia. Los protagonistas fuern Florén Delbene y Aída Alberti, entre otros.
Su libro "Mandinga en la sierra", escrito en colaboración con Rafael de Rosa, motivó la realización de una película con el mismo nombre. Interpretada por Luisa Vehil y Nicolás Fregues, se estrenó el 7 de marzo de 1939.
Duilio Marzio, Fernanda Mistral y Mario Soficci protagonizaron "El curandero", el argumento era de Arturo Lorusso.
Fue autor de numerosas obras teatrales, entre ellas, "La botica de enfrente", "La ínsula de don Felino" y "Un negocio redondo", y hasta escribió un tango que grabó Agustín Magaldi titulado "Mama llevame pa'l pueblo".
El Dr. Arturo Lorusso vivió en Altagracia casi treinta años. Murió el 14 de marzo de 1947 en la ciudad que amó y que inspiró cada una de sus creaciones.
Fuente: Cristian Moreschi

miércoles, 27 de mayo de 2009

El Pacto de Alta Gracia

Ubicada en el paso obligado entre el este y el oeste, la antigua propiedad de los jesuitas quedó en el fuego cruzado entre unitarios y federales, por lo que fue víctima de saqueos y depredaciones.
Alfredo Rizzuto, en su "Historia y evocación de Alta Gracia" narra: "En tiempos de Rosas, las tropas federales asaltaron y trataron de quemar la villa dejando - como él decía - nada más que los calicantos del monumental edificio, por no haber podido cargar con ellos los invasores".
En su libro "Alta Gracia, 400 años de historia", el cronista Oscar Ferreyra Barcia, destaca un singular acontecimiento ocurrido el 16 de abril de 1830, que, según el relato, tuvo trascendencia nacional.
Se trató del llamado "Pacto de Alta Gracia", propiciado por el entonces gobernador de Córdoba, General José María Paz, que frecuentemente visitaba a su amigo Manuel Solares, dueño de la estancia, quien le ofreció las instalaciones de su propiedad para tan magno acontecimiento.
Tras la celebración del pacto de Pilar en 1820, en nuestro país se comenzaron a reorganizar las autonomías locales, este hecho dio inicio a la creación de Cartas Fundamentales o Estatutos, y por otro lado, a tratados, pactos, convenciones o acuerdos de diferentes características, algunos eran de alianza ofensiva o defensiva, otros de paz, amistad y cooperación, fijación de límites, etc.
El Pacto de Alta Gracia, firmado el 16 de abril de 1830 entre Córdoba y San Juan, fue precisamete de paz, amistad, alianza ofensiva y defensiva. Los gobernadores eran el General José María Paz y Jerónimo de la Rosa, respectivamente.
Entre sus principales artículos el gobierno de San Juan se comprometía a liberar a todos "los cordobeses y vecinos de la Provincia de Córdoba que durante la presente guerra han sido arrancados de sus hogares y conducidos a dicha provincia de San Juan". Otro punto fijaba una amnistía general para todos los emigrados y desterrados de estas provincias. Se determinó asimismo licenciar a todas las tropas que no fueran de absoluta necesidad. En relación con la economía, quedó libre el comercio entre ambas provincias.
Otro escritor cordobés, Gontrán Ellauri Obligado, opinaba sobre el hecho: "Poco después, como consecuencia del Pacto de Alta Gracia, el 11 de agosto de 1830, se ajustaba un pacto de unión y alianza entre Córdoba, San Luis, Mendoza, San Juan, Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca y La Rioja, mediante el cual al General Paz se le confería el supremo poder militar de las fuerzas de línea y milicias de dichas provincias, hasta la instalación de la autoridad nacional". El mismo autor opina que este pacto "es uno de los premisores de nuestra Carta Magna actual, que fuera elaborada recién después de Caseros (1853)..." y mejorada con el Pacto de San José de Flores en 1859 con el ingreso de la provincia de Buenos Aires.
El Pacto de Alta Gracia, un hito en la historia nacional que los altagracienses debemos conocer y recordar.

viernes, 22 de mayo de 2009

Krakatoa

"Rosemarie", "Krajo's", "Tobruk", "Krakatoa", nombres inolvidables en los recuerdos de los que no son tan jóvenes y que tienen un poco más de medio siglo sobre sus espaldas. Eran los cuatro boliches donde se iba a bailar los fines de semana, no sin antes pasar por las confiterías "Stuggart" o "San Remo" a hacer lo que hoy nuestros hijos llaman "la previa", allí los jóvenes se juntaban a charlar, a tomar algo, a ver a la chica o el muchacho que les gustaba y saber adonde iría a bailar para tratar de conquistarla. "Krajo's" y "Tobruk" eran los más sofisticados. "Rosemarie" el más antiguo.
Pero "Krakatoa" fue el más popular y el que más éxito tuvo. Fue el 17 de septiembre de 1971 en que por inciativa de tres soñadores: Lalo Ferreira, Carlos Adam y Alberto Portas nacía este boliche cuyo nombre estaba inspirado en una película famosa en esa época: "Krakatoa, al este de Java". Cuenta Cristian Moreschi en su libro "Camino de la Historia": "El primer tema que puso el disk jockey fue el de la serie Misión Imposible... La inauguración fue tan exitosa que abrieron un viernes y trabajaron cinco noches seguidas con la capacidad colmada...".
La disco se convirtió en lugar obligatorio de salida los fines de semana, igual que lo eran "Abuela Valentina" en Río Segundo, y "Keops" en Carlos Paz. Allí actuaron entre otros León Gieco, Miguel Cantilo, Raúl Porchetto, Los Iracundos, Cacho Buenaventura y el Negro Álvarez.
También se realizaron las matinées organizadas por los estudiantes para juntar fondos para los viajes de fin de curso.
"Entre las locuras que hicieron sus propietarios, merecen un párrafo aparte los regalos que se hacían a los asistentes. Se sortearon desde un Ford T, o un Fiat 600, ¡hasta una vaca! El ganador no lo podía creer cuando entraron el animal al boliche para entregárselo en sus porpias manos. La imagen quedó grabada en la memoria de muchos... Aquellos fueron los días felices", nos sigue contando Moreschi.
Pasaron veintiocho años, y el 29 de enero de 2000, la erupción de este volcán en pleno centro de Altagracia terminó, aquellas noches inolvidables de Krakatoa se apagaron para siempre. Dicen que el último tema que se escuchó fue la música de Misión Imposible.

Fuente: "Camino de la Historia", de Cristian Moreschi

lunes, 11 de mayo de 2009

Fray Alberto García Vieyra

Nació en 1912, su nombre era Jaime, su niñez, adolescencia y juventud transcurrió en estas tierras. Había estudiado medicina y hacia allí pareció que iba dirigida su vocación, pero estando haciendo sus estudios en el Instituto Santo Tomás de Aquino de la ciudad de Córdoba, descubrió el llamado sacerdotal y fue cuando decidió su ingreso a la Orden Dominicana, en la que profesó hacia 1935.
Fue en ese momento en que quiso llamarse para siempre Fray Alberto.
La filosofía la cursa en Córdoba y Buenos Aires, la teología en Roma, hasta que se ordena en 1939, y se doctora tres años después con una tesis sobre los dones del Espíritu Santo en San Alberto Magno.
Tenía fama de santidad, sabiduría y humildad extrema. Era un secreto a voces que las inteligencias sacerdotales y laicales más prominentes cuando estaban ante alguna duda teológica lo iban a consultar a Fray Alberto. Otro dato indiscutido era que tenía tanta seguridad en las respuestas como tolerancia cero ante errores formales. Y era al fin una tercera certeza, que este hombre de hablar monótono y cansino, pronunciaba los juicios más categóricos y esclarecedores, sin inmutar su serenidad, su gracia y su imborrable tonada cordobesa.
Los frailes Daniel y Rafael Rossi, O.P, al presentar su Catecismo, testimonian con gratitud y coraje su “palabra de contemplativo: profunda y luminosa, bella y clara”, y lo reconocen como arquetipo vivo a quien tuvieron la gracia de poder emular en el “período de formación en la vida religiosa”.
Cuentan que Fray Alberto, en el seminario de Paraná, comenzaba sus clases, serenamente, arrodillándose delante de una imagen mariana y dirigiendo el rezo de los seminaristas. Y cuando ya enfermo, un sacerdote entra en la celda del Convento en que se alojaba para higienizarla, creyendo que no se encontraba lo sorprende postrado en el piso, permitiendo descubrir que el Padre, cada vez que escribía sobre la Virgen María, lo hacía de rodillas.
De vida humilde, afable, servicial, íntimamente alegre y gozosa. Recorrió diversas provincias predicando y dejando múltiples y esclarecedores escritos.
Fray Alberto García Vieyra, otro hijo dilecto de Altagracia, murió el 20 de diciembre de 1985, en la ciudad de Santa Fe.

martes, 7 de abril de 2009

El día que Alfonsín visitó Altagracia

Cumplíamos 400 años desde que Juan Nieto recibiera la merced de estas tierras de parte del gobernador de las Provincias del Tucumán, Juan Ramírez de Velasco, allá por 1588. Tierras que fueron bautizadas con el nombre que actualmente con orgullo ostentamos por su segundo dueño, don Alonso Nieto de Herrera, en honor de la patrona de su pueblo natal, Garrovillas de Alconétar, en España.
Fue el 8 de abril de 1988. Altagracia estaba de fiesta, y recibíamos la visita del Presidente de la Nación, Raúl Ricardo Alfonsín. Nuestro intendente era Audino Vagni. Se levantó un palco en la explanada del museo jesuítico. Desde allí habló a la multitud que se había juntado para escuchar sus palabras. Había gente por todos lados, en la Plaza Solares no entraba un alfiler. Estaban todos presentes, sus seguidores y sus opositores. Era el primer presidente democrático después de años de dictadura militar, todos queríamos verlo.
Después de recorrer la Estancia Jesuítica, presidió una sesión extraordinaria del Consejo Deliberante, que se realizó en el Salón de Actos de la Casa Histórica, y luego de un almuerzo en su honor partió.
La visita fue corta, unas horas nada más, pero dejó su impronta en nuestra memoria.
Raúl Alfonsín, el 31 de marzo, a pocos días de cumplirse los 21 años de su histórica visita, nos dejó. Tenía 82 años. No voy a juzgar el desempeño de su gestión, no soy quien para hacerlo, se le podrán atribuir grandes aciertos y otros tantos errores. ¡Qué político no los ha tenido!
Sólo puedo decir que murió un hombre de bien, firme y leal a sus principios, a quien jamás se le ha achacado un hecho de corrupción. Sólo por eso merece mi respeto y el de todos los argentinos.
Hace casi 21 años Altagracia estaba de fiesta, hoy, como todo el país, está de luto.

miércoles, 25 de marzo de 2009

El maestro Rodolfo Bútori

Los niños corren y juegan por el parque infantil, pasan frente a una estatua, sin saber que representa a quien más trabajó por el deporte de la ciudad: el maestro Rodolfo Bútori.
Profesor de Educación Física y amigo incondicional de los más chicos, había nacido en Córdoba en 1907 y posteriormente se vino a vivir a Alta Gracia.
Siendo joven practicó el boxeo teniendo una respetable actuación: fue campeón provincial y llegó a combatir por el título argentino. Después de colgar los guantes se dedicó a la preparación física. Tuvo a su cargo la conducción de varios equipos de nuestra ciudad, pasando a Córdoba donde fue director técnico de Belgrano de 1933 a 1941, y de Talleres entre 1942 y 1947.
Pesaba más de cien kilos distribuidos en 1,88 m de estatura. Existe una foto donde se lo ve levantando a tres jugadores de Talleres, uno en los hombros y los dos restantes en cada brazo.
Era un amante del orden y la disciplina, y los alumnos lo sabían. Si te llegaba a encontrar fumando la primera cachetada era para hacerte volar el cigarrillo, y la segunda, para hacerte abandonar el vicio.
Los estudiantes no solo lo respetaban, también lo querían. Fue un pionero en la tarea de sacar a los chicos de la calle y darles un lugar en el deporte.
Se destacó en el lanzamiento de bala, siendo el primer atleta en Sudamérica que superó los 14 metros. Tuvo su momento de gloria en 1939. La Confederación Atlética Argentina había partido hacia Perú al Torneo Sudamericano en Lima. Debido a una maniobra desleal de los dirigentes porteños, la comunicación para integrar la delegación le llegó tarde.
¡No había en América latina otro deportista que lanzara la bala como él, y Argentina se daba el lujo de no llevarlo! Entre la bronca y la impotencia envió una carta a Buenos Aires en la que informaba que el 18 de mayo, el mismo día en que iniciaban las pruebas en Perú, en la cancha de Talleres, intentaría batir su propio récord.
Fue en el entretiempo del partido entre Talleres y Universitario en que el maestro Bútori entró a la cancha con un paquete envuelto en papel de diario, lo dejó a un costado, por los parlantes se anunció que iba a intentar superar su marca de 14,70 m. La prueba la fiscalizaba la Federación Cordobesa de Atletismo. Luego de dos intentos fallidos, en el tercero arrojó la bala con todas sus fuerzas. Después de la medición, el locutor anunció a viva voz que Rodolfo Bútori había batido su propio récord: ¡14,90 m ¡.
Bútori corrió hacia el paquete misterioso, lo abrió y desplegó una bandera argentina que comenzó a agitar con fuerza. Envuelto en los colores de la patria y con el público ovacionándolo de pie, el maestro le había ganado a la injusticia.
Al día siguiente se enteraron de que, en Perú, el mejor argentino había clasificado cuarto y ni siquiera había superado los 14 metros.
Rodolfo Bútori murió en 1965, a los cincuenta y siete años. Su corazón de gladiador había dicho basta.
El bronce con su rostro entronizado en el Parque Infantil que lleva su nombre nunca pudo ser mejor ubicado, su memoria estará siempre protegida por los niños de todas las generaciones que vayan a jugar a él, acunados por su mensaje de siempre a sus alumnos: “DISCIPLINA, COMPAÑERISMO Y VOLUNTAD PARA EL BIEN DE LA PATRIA, DE LA ESCUELA Y DE NUESTRO HOGAR”.

Fuente: “Camino de la historia” de Cristian Moreschi



Foto: Periódico "Nuevo Sumario"



domingo, 22 de marzo de 2009

Myriam Stefford y Raúl Barón Biza (2da. Parte)

Después de su fastuoso casamiento, tras tres años de vivir en París, el matrimonio regresó a la Argentina. Se quedaron en Buenos Aires, aunque de tanto en tanto viajaban a la estancia, a la que Barón Biza había rebautizado con el nombre de su mujer, y alimentaron las páginas sociales de las revistas porteñas. El diario La Prensa publicó una fotografía de Myriam, “retirada del mundo del espectáculo por expreso pedido de su marido”, en la que se la veía paseando por los jardines de Berlín con un leopardo amaestrado, llamado Gaucho.
Cuando llegaron a Buenos Aires en el verano de 1931, Myriam ya se había olvidado del cine. Vivían en una casona frente a la plaza Francia, en Recoleta, y las cabalgatas por los bosques de Palermo se alternaban con las galas en el Colón, en las que la ex actriz se lucía con pieles y gasas, brazaletes de oro de Cartier y un anillo que llevaba engarzado un diamante de 45 kilates, llamado Cruz del Sur.
Para entonces, la Stefford había empezado a cultivar una pasión que le devoraría la vida: volar.
En solo dos meses había conseguido el brevet de piloto civil y había elegido como instructor a Ludwig Fuchs, un alemán veterano de la Primera Guerra. “Quiero iniciar un vuelo de largo aliento y llegar con mi avión donde nunca llegó otra mujer”, decía. Barón Biza le había regalado un pequeño monoplano biplaza de ala baja, un BFW con motor de 80 caballos construido en madera de pino, y en ese avión, al que había bautizado Chingolo, comenzaría el raid que la llevaría a la muerte.
Al principio, había planeado un vuelo que la conduciría hasta Río de Janeiro, como parte de un proyecto más ambicioso que la convertiría en la primera mujer que uniera en avión Argentina y los Estados Unidos.
Fuchs, sin embargo, consiguió que desistiera del proyecto y que accediera a intentar un itinerario más modesto que uniera las 14 capitales de provincia de la Argentina de esa época.
El 18 de agosto de 1931 el raid comenzó en el aeródromo de Morón, y la primera etapa acabó esa tarde al llegar a Corrientes. Al día siguiente, Stefford y su instructor Fuchs como acompañante viajaron a Santiago del Estero, y la tercera etapa los llevó a Jujuy, donde al aterrizar chocaron contra un alambrado que destruyó parcialmente el avión.
Era una advertencia que nadie hubiera desoído, pero Myriam aceptó el avión que otro piloto, Mario Debussy, le ofreció para continuar, lo bautizó Chingolo II, y desde allí volaron a Salta, Tucumán y La Rioja.
El 26 de agosto de 1931, cuando estaban en camino a San Juan, el motor de la aeronave se paró para siempre sobre los campos de Marayes y se incendió al caer. Ludwig Fuchs y Myriam Stefford murieron instantáneamente. Ella tenía 26 años.
Aunque una pericia policial determinó que el accidente había sido provocado por la limadura de una chaveta en el motor y el mecánico del avión denunció a Barón Biza por el crimen, se decía que estaba celoso de la relación de su mujer con su instructor, nada su pudo probar y la pena del viudo adquirió características monumentales.
A Myriam Stefford la velaron a cajón cerrado en el Centro de Aviación Militar, y al entierro concurrió una multitud. A los pocos días, en el lugar del accidente, su viudo hizo colocar un monolito con una placa que decía en italiano: “Un bel morir tutta la vita onra”. Cuatro años más tarde, pondría en marcha el proyecto de la tumba faraónica.
El lugar elegido para emplazarlo fue su estancia Los Cerrillos, en Alta Gracia, y convocó al ingeniero Fausto Newton y a un centenar de obreros polacos para que pusieran manos a la obra. Seis meses después, cuando estuvo terminado, el monumento era imponente: un ala de avión de hierro y cemento de 85 metros de altura, hueco por dentro, y coronado por una faro.
En la cripta a seis metros de profundidad, Barón Biza hizo colocar los restos mortales de su mujer, y la leyenda dice que metros más abajo, entre los cimientos, una caja de acero donde guardó sus joyas, incluido el diamante Cruz del Sur.
El sepulcro estaba rodeado por cariátides y cubierto por una lápida de mármol negro, donde rezaba: “Maldito sea el que profane esta tumba”. A la entrada del monumento, en una vitrina, estaban el casco de Myriam Stefford, su reloj de vuelo y el timón del Chingolo II, debajo de una losa con la siguiente leyenda: “Viajero, rinde homenaje con tu silencio a la mujer que en su audacia quiso llegar hasta las águilas”.
Raúl Barón Biza puso distancia con el recuerdo de su primera mujer y su tumba faraónica. Se casó de nuevo con Clotilde Sabattini, hija del ex gobernador radical Amadeo Sabattini. Había dilapidado su fortuna, y acabó sus días en Buenos Aires administrando los locales del Pasaje Obelisco, bajo la avenida 9 de Julio.
El 17 de agosto de 1964 le pondría el punto final a la novela de su vida, suicidándose tras una violenta discusión con su ya segunda ex mujer, en la que le había arrojado ácido en la cara.
Sus hijos decidieron por él cual sería su último destino: hoy Raúl Barón Biza está enterrado bajo un olivo, en Los Cerrillos, a metros del ala funeraria donde yacía Myriam Stefford.

Fuente: “Una pareja de película” de Jorge Camarasa



Los Comechingones

Fueron los pobladores primitivos de las tierras de Alta Gracia. Estos aborígenes habrían llegado a la provincia hace aproximadamente 2500 años a través de un corredor montañoso ubicado en el norte cordobés, conocido como Zumampa. Eran morenos, altos, delgados, de cabeza alargada, y con barba como los cristianos.
Pueblo sedentario de una economía mixta. Por un lado labradores con agricultura bien desarrollada de pocas especies, conservadas en silos subterráneos, contando con riego artificial y útiles de labranza de piedra y hueso. Y por otro, recolectores de frutos y vegetales, y cazadores pedestres con boleadoras, arco y flechas de punta de piedra o hueso.
Usaron cuevas de la sierra como viviendas temporarias. En forma permanente utilizaron choza semi subterráneas, las “casas pozo”, excavándolas hasta formar paredes que luego tapizaban con madera y cueros, cuyo techo se construía en la superficie con ramas y paja.
Los varones comechingones vestían poncho con abertura para la cabeza y brazos, y en invierno agregaban mantas de lana con adornos de muchos colores. Para guerrear se pintaban el rostro mitad negro y mitad rojo.
Sus mujeres usaban falda larga tejida o de piel y camiseta corta adornada con laminillas de caracol terrestre. Adornaban su cabeza con vinchas de lana tejida, de la cual pendían adornos de metal. Se perfumaban con “suico”, planta olorosa de la zona y su peinado partía el pelo al medio y se recogía con una trenza.
Con el grano de maíz fermentado preparaban la “chicha”, una bebida que consumían en abundancia durante las fiestas del solsticio y el equinoccio. Recolectaban la algarroba y con las vainas de ese fruto preparaban una harina que llamaban “patay” y una bebida fermentada llamada “aloja”, usada en fiestas y ceremonias.
En materia religiosa adoraban al sol y la luna, practicaban la magia y danzaban para conjurar todo tipo de males.
Los comechingones son poseedores de la más extraordinaria riqueza pictográfica del territorio argentino y una de las más destacadas del continente americano. Más de 1000 obras de arte rupestre, dibujadas y pintadas por estos aborígenes se encuentran en lugares remotos y escondidos de nuestra serranía. Las más conocidas se encuentran en grutas y cavernas de Cerro Colorado.
Ellos llamaron a esta zona “lugar de vegetación enmarañada”, y los futuros habitantes habríamos de tomar el vocablo indígena para designar al lugar tal cual se lo conoce hoy.
Alta Gracia, capital del valle de Paravachasca. Una ciudad levantada en tierras del antiguo dominio comechingón, al pie de las sierras chicas, y ubicada en un valle con nombre indio que ningún conquistador pudo borrar.

sábado, 21 de marzo de 2009

Myriam Stefford y Raúl Barón Biza (1ra. Parte)

Contradictorio, depresivo, violento, pasional. Una personalidad fascinante. A casi 45 años de su muerte, Raúl Barón Biza sigue generando contradicciones.
Nació en Villa María, Córdoba, en 1899. Su padre había hecho una gran fortuna como cerealero cuando terminaba el siglo XIX, y fue uno de los colonizadores de La Pampa, uno de los pueblos fundados por él, lleva su apellido: Colonia Barón.
Su madre era tucumana, hija de españoles, había puesto al servicio de la ayuda social toda su fortuna, y tenía raíces en una familia tradicional y católica de la alta burguesía.
Raúl fue enviado a Europa para su educación y pasó su juventud entre viajes y una vida cómoda en París. Ya en 1928 había visitado los puertos más exóticos del Viejo Mundo.
Eran los años siguientes a la Gran Guerra, y los empobrecidos europeos observaban con envidia y sorpresa a esos argentinos ricos que daban la vuelta al mundo en sus propios barcos, con sus vacas a bordo para tener leche fresca, derrochando el dinero que parecía inagotable.
Fue en Viena, una de las etapas de esa fiesta inacabable, donde Raúl Barón Biza conocería a Myriam Stefford. En “El derecho de matar”, una de las novelas que le harían fama de escritor maldito, la describía así: “Boca pequeña de labios pintados, tibios, húmedos. Boca de carmín, tenía ese rictus embustero, delicioso y un poco canalla de todas las divinas bocas nacidas para mentir y besar”.
Era hija de padres italianos y había nacido en Berna, Suiza, en 1905. Su verdadero nombre era Rosa Margarita Rossi Hoffmann, su padre trabajaba en una fábrica de chocolates, y su madre era ama de casa. A los 15 años se había escapado hacia Viena y Budapest, donde se transformaría en una actriz sin más talento que su belleza. Para cuando conoció a Barón Biza su carrera artística empezaba y terminaba en tres películas que la contaban en el reparto: “Póquer de ases”, “Moulin Rouge” y “La duquesa de Chicago”. Siendo una joven hermosa y desprejuiciada, se dejó seducir por el joven millonario argentino.
Corría 1925 y la vida de la pareja, desde el primer encuentro, estuvo llena de bellos lugares comunes: Saint Moritz en invierno, la Costa Azul y la Riviera Italiana en verano, Capri y Venecia todo el año. Unas largas vacaciones que, sin saberlo, el padre de Raúl financiaba desde Córdoba con su negocio de cereales.
A mediados de 1928 la pareja llegó a Buenos Aires en la primera clase del buque “Cap d’Ancona”. Myriam Stefford y Raúl Barón Biza, jóvenes, ricos y despreocupados, parecían los dueños del mundo. La necesidad de pompa de algunos periodistas hizo que ella pasara a ser una baronesa, una revista escribiría sobre ella: “Sólo los encantos de su belleza, la majestad de su porte, la delicadeza de sus líneas, recordaban su condición de aristócrata”.
Mientras tanto, anticipando al escritor en que se transformaría, Barón Biza y su amante manejaban a discreción una historia que ellos mismos habían inventado. Habían hecho creer que el viaje a Buenos Aires era sólo una escala en el camino de la dama a Hollywood, donde debía firmar un multimillonario contrato para filmar una película. Myriam declaraba: “En Europa de habla mucho de este país; se dice que Buenos Aires es la París de América. Vine solo por tres semanas, lo justo para conocer una estancia, bailar unos tangos y tomar mis buenos mates, porque en United Artists me manifestaron el deseo de filmar una película sobre gauchos”.
Después de pasar unos días en Los Cerrillos, la estancia familiar cerca de Alta Gracia, la pareja regresó a Europa y, el 28 de agosto de 1928, en lo que las crónicas mundanas calificarían como “el acontecimiento social de año”, Myriam Stefford y Raúl Barón Biza se casaban en Venecia, en la basílica de San Marcos. Entre los invitados figuraban la princesa Lucinge de Faucigny, la baronesa Nelly de Rotschild, la condesa Albrizzi, la duquesa Di Sangro y el príncipe Alessandro Ruspoli.

Fuente: “Una pareja de película” de Jorge Camarasa

viernes, 16 de enero de 2009

El Demóstenes argentino

Demóstenes fue el orador más importante de la antigüedad, conocido por sus encendidas alocuciones contra Filipo de Macedonia en defensa de la democracia y la libertad.
Aquel joven ateniense tartamudo, que supo corregir ese defecto llegando a pronunciar los discursos más célebres de la época, terminó sus días enviado al destierro por orden del gobernador Antípater. Demóstenes nunca pudo superarlo y se envenenó en la isla de Poseidón. Tenía sesenta y dos años.
Pero... ¿qué tiene que ver con Alta Gracia?.
Es que en nuestra ciudad vivió quien fuera bautizado como el Demóstenes argentino: Belisario Roldán.
Nacido en Buenos Aires el 16 de septiembre de 1873, se graduó como doctor en Derecho a los veintidos años y fue también poeta, escritor, autor de numerosas obras de teatro y diputado nacional en 1901. Este prolífico hombre de la cultura se destacó por una cualidad por la que habría de ser recordado siempre: era un orador brillante. Cuando pedía la palabra, el auditorio se preparaba para un discurso que conjugaba la poesía con la retórica más exquisita. Belisario Roldán era considerado, junto a Alfredo Palacios, uno de los oradores más prestigiosos del parlamento argentino.
Afectado por una enfermedad pulmonar, se vino a vivir a Alta Gracia en 1921 y se instaló en un chalet de estilo inglés ubicado sobre la calle Eduardo Madero.
Nunca dejó de componer; lo recuerdan sentado en una piedra junto al arroyo, escribiendo poesía y haciendo una pausa de tanto en tanto para beber algún sorbo de ginebra, o encabezando una multitud que lo seguía hasta el Sierras Hotel, donde pronunció un discurso memorable en ocasión del final de la guerra. El teatro del casino fue el escenario donde estrenó la obra "La virgen de la pureza" que terminó de escribir en nuestra ciudad.
Si bien Alta Gracia le había dado el clima ideal para el mal que lo atormentaba, su salud estaba cada vez más frágil y ya no podía soportarlo. Ante lo irreversible de su enfermedad, tomó una drástica determinación: al igual que Demóstenes, decidió quitarse la vida. Lo hizo en su casa de barrio El Alto. Tenía 49 años.
Fue en 1922, pero las efemérides nunca lo recuerdan porque murió un 17 de agosto, el mismo día de la muerte del general San Martín.
Roldán había sido el orador en la inauguración de la estatua del general en Boulogne-Sur-Mer, Francia, el 24 de octubre de 1909. Todavía suena, para la posteridad, la apertura del discurso frente a la imagen del Libertador: "Padre nuestro que estás en el bronce...".
Los aires puros y limpios de las sierras de Córdoba fueron el motivo que lo trajo a vivir a nuestra ciudad.
Los que habitamos esta tierra pensamos que aquí existe algo más, de naturaleza misteriosa, difícil de explicar. Algo que nos permite mezclar en un relato a la antigua Grecia de Demóstenes con los poemas del orador más ampuloso de la política y las letras del país, con la memoria de José de San Martín.
Todos ellos pueden estar juntos gracias a un denominador común que es Alta Gracia... o como la había bautizado Belisario Roldán, "la villa de la lacia cabellera del sauzal".
Fuente: "Camino de la historia" de Cristian Moreschi

martes, 30 de diciembre de 2008

El niño Ernesto

Escribir sobre el Che Guevara es redundar sobre lo ya escrito por tantos otros, los que lo enaltecieron y los que lo detractaron.
En Alta Gracia, Ernesto Guevara de la Serna fue Ernesto, o Ernestito, como lo llamaban cariñosamente sus amigos y familiares.
Había nacido en Rosario el 14 de junio de 1928. Hijo de Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna Llosa, a los cuarenta días de nacido sufrió una pulmonía y al poco tiempo le diagnosticaron una afección asmática severa.
El médico familiar les recomendó las sierras de Córdoba y fue así que en 1932 la familia llegó a Alta Gracia. Tuvieron varias residencias: pasaron por el La Gruta, hoy propiedad de los Padres Carmelitas Descalzos, después por la casa de la familia Fuentes Condal, frente al golf, hasta que se establecieron en el chalet "Villa Nydia", el actual museo dedicado a su memoria, que era propiedad de Alberto Lozada, uno de los últmos dueños de la residencia jesuítica.
Vivían de los alquileres de unos campos que Celia de la Serna tenía en Villa Sarmiento y de las rentas producidas por unos yerbatales en Misiones. Así y todo, muchas veces pasaron dificultades económicas.
Criado en un ambiente donde se hablaba de política, Ernestito escuchaba con frecuencia como su padre reunido con el maestro Manuel de Falla, apoyaba el movimiento revolucionario español.
Su grupo de amigos estaba formado por "Calica" Ferrer, quien años más tarde fuera su compañero en el segundo y definitivo viaje por Latinoamérica, Carlos Figueroa, Leonardo y Enrique Martin, Ariel Vidosa, Mario Raúl Salduna, entre otros. Era la banda del barrio Carlos Pellegrini. Eran los del Alto.
El asma le impidió comenzar el primer grado, y fue su madre quien le enseñó las primeras letras, luego ante la obligatoriedad de asistir a clases, lo anotaron en la escuela. Realizó sus estudios en el colegio San Martín y más tarde en el Santiago de Liniers. Las faltas justificadas a clase estaban a la orden del día, más de una vez su enfermedad lo obligó a quedarse en casa.
Los amigos de la barra del Alto nunca lo juzgaron, prefirieron recordar al amigo de su niñez, recuerdos que encuentran al mito de pantalones cortos, corriendo por esta villa serrana, ignorando el destino que vendría.
O paseando en pijama a las tres de la mañana en el coche de su padre, para que el aire aliviara sus pulmones. O bañándose en el arroyo o jugando a la pelota, juegos muchas veces suspendidos para llevarlo a su casa para ser atendido...
Hoy, muchos en el mundo lo reclaman y lo levantan como bandera de lucha.
El Che les pertenece.
Los sobrevivientes de la pandilla suelen mirarse en el retrato gigante que existe en el museo, en el que una decena de chicos de ropas zurcidas y gestos atorrantes los devuelven a esos años del 30. Pero ya nada es igual. Las ausencias se notan. El mundo ya no es el mismo. Ernesto, de ser el jefe de la barra del Alto pasó a liderar una revolución. Siempre había soñado con un mundo mejor y pagó con su vida el precio de mantener sus ideales.
El mundo lo conoció bien, y lo admiraron... y lo criticaron...
El escritor Eduardo Galeano expresó: "¿Por qué será que el Che tiene esa peligrosa costumbre de seguir naciendo?. Cuanto más lo insultan, lo manipulan, lo traicionan, más nace. Él es el más nacedor de todos. ¿No será porque el Che decía lo que pensaba y hacía lo que decía? ¿ No será que por eso sigue siendo tan extraordinario, en un mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se encuentran no se saludan porque no se conocen?".
Compartamos o no sus principios, hay que reconocer que fue un idealista puro, que supo luchar y morir por la causa que abrazó, siempre fiel a lo que con sinceridad creyó era lo mejor para su pueblo.
El niño Ernesto, un habitante más que pasó por Alta Gracia...

viernes, 19 de diciembre de 2008

Lucía Trejo, una gran longeva

“En Capilla de Alta Gracia, a 28 de marzo de 1780, en compañía de los RR. PP. Fray Bernardo Rospigliosi (doctor teólogo egresado de la Universidad de Trejo) y de Fray Fermín Oliva, ambos mercedarios y que habían concurrido a celebrar la Semana Santa, yo el Cura y Vicario, enterré el cuerpo de Lucía Trejo, negra de esta Estancia de Alta Gracia. Murió con todos los sacramentos, y según declaraciones jurídicas que por orden de su majestad se tomaron, de edad 176 años o de 178: pues se desprende de las declaraciones de la famosa negra, que debió nacer en 1602 o 1604. Fue esclava y conoció al Ilmo. Sr. Trejo, Obispo de esta provincia que falleció en 1614. Y para que conste firmo: Dr. Juan Justo Rodríguez”.
R. P. Pablo Cabrera
(“Tríptico Histórico)
Lucía Trejo, fue una negra liberta del Obispo Fray Fernando de Trejo y Sanabria, fundador de la Universidad de Córdoba, y que sirviera bajo sus órdenes por largos años, nació en Córdoba. Como era costumbre en esa época, había tomado el apellido de su patrón, como propio, y hasta asistió a los funerales del ilustre Obispo, pues por entonces contaba alrededor de doce años de edad.
Cuando se la interrogaba al respecto, contaba detalladamente los hechos, pues conservaba nítidas las circunstancias que giraban en torno a la muerte de quien, además de amo, le otorgara la libertad.
Desde entonces, hasta su muerte, vio pasar todos los aconteceres políticos e históricos de Córdoba. En sus últimos años y para asistir a misa era trasladada en una angarilla que sostenían dos negros que vivían como ella en Alta Gracia, en la Ranchería junto al Obraje jesuítico. Cuando las autoridades la interrogaban sobre su vida, quedaban sorprendidos con la lucidez con que solía evacuar tales consultas.
Murió en pleno dominio de sus facultades mentales.
Lucía Trejo, un caso de longevidad extraordinaria de Alta Gracia.