jueves, 28 de mayo de 2009

Prisioneros ingleses en la Estancia Jesuítica

Años antes de que Santiago de Liniers se radicara en estas serranías, ocurrió un hecho singular en Altagracia: En la antigua estancia jesuítica vivieron, al menos por dos años casi, 56 prisioneros ingleses.
El 12 de agosto de 1806 las milicias el mando de Liniers, reconquistaron la ciudad de Buenos Aires. Tras aquella primera invasión, fue tomado prisionero un gran número de soldados británicos que estuvieron alrededor de dos meses allí, pero a los porteños no les hacía ninguna gracia tenerlos cerca, en parte porque temían que si ocurría un nuevo ataque, los presos podían ser liberados. Así fue que ese mismo año, el Cabildo decidió el inmediato traslado de unos 1500 prisioneros a distintos puntos del interior del país. De esta manera fueron instalándose en Santiago del Estero, Tucumán, La Rioja, Catamarca, Salta, y por supuesto Córdoba, donde se los ubicó en distintas estancias jesuíticas. En esa época, la vieja residencia de los padres estaba arrendada a Manuel Derqui, y se cuenta que hasta allí llegaron 56 prisioneros y que el entonces arrendatario sobró entre 10 y 18 pesos por cada uno de ellos. Los libros hablan de una suma de 1254 pesos ingresados a la estancia en abril de 1807 y de 1335 pesos en mayo.
También se sabe que lo cabos fueron alojados en la planta baja de la ahora histórica casona, y los soldados en la ranchería y los puestos campestres.
Lejos de la antipatía manifestada por los porteños por quienes los habían invadido, se dice que los habitantes de Altagracia los recibieron casi como visitantes privilegiados. Según cuenta Carlos Page, los ingleses tenían sueldos, hacían compras, establecieron comercios, realizaban libres paseos a caballo por los alrededores y fueron invitados a muchas fiestas. Hay noticias de un casamiento entre una mujer que trabajaba al servicio de Derqui y un inglés. Dicen que el prisionero se convirtió al catolicismo y que incluso comenzó a trabajar la tierra con algunos compañeros.
No falta la leyenda que narra el trágico destino de aquel soldado, pues cuentan que conocida su liberación en 1808, y ganado por el llamado del mar y de su tierra natal, el hombre quiso escapar dela vieja estancia pero en su corrida fue alcanzado por un certero disparo. Habría sido su suegro el encargado de poner fin a la deshonra de la joven esposa. El mito dice que el inglés cayó junto al paredón del tajamar y que algunas noches aún se escuchan su lamento y el de su mujer entre el agua del estanque y el antiguo muro.

El Dr. Arturo Lorusso


El doctor Arturo Lorusso nació en Buenos Aires en 1884. Hijo de un ingeniero italiano que había llegado al país enviado por el rey Humberto I en un intercambio profesional con Argentina, se graduó de médico en la Capital Federal.
Ya en su etapa de universitario comenzó a aparecer su perfil de artista y escritor. Se costeó la carrera escribiendo en la revista "Caras y Caretas"; en esos primeros cuentos apelaba a la sátira como antesala a la carcajada, prescindiendo de los tonos agresivos.
El doctor Lorusso llegó a Altagracia en 1921 a pasar unas vacaciones por sugerencia del profesor Tronghé, quien le había recomendado el lugar. El encanto de esta villa serrana y la magia de sus paisajes ejercieron en él una influencia tan poderosa que se quedó a vivir definitivamente en la ciudad.
Este médico rural gustaba de la buena charla con sus pacientes, en su mayoría pobres, a los que no sólo les evacuaba las consultas sino que les daba los remedios gratis.
Solía decir: "Hay dos clases de enfermedades: las que se curan y las que no se curan. Y dos clases de enfermos, los que lo están porque tienen mucho dinero para enfermarse y los que lo están precisamente porque no lo tienen". Altruista y bondadoso, siempre vivió rodeado de amigos.
Fue un destacado hombre del radicalismo. Solía conversar seguido con Hipólito Irigoyen cuando se alojaba en el Sierras Hotel, y mantenía también una estrecha amistad con Marcelo T. de Alvear.
Cuentan que una vez apareció en el comité local con Irigoyen, a quien llevaba tomado del hombro. Irigoyen sugirió a los correligionarios que el presidente del partido en el departamento debía ser el doctor Arturo Lorusso; semejante aval. sumado a la consideración que los radicales le tenían, lo convirtieron rápidamente en la máxima autoridad partidaria de la zona.
Altagracia, además de cautivarlo, fue motivo de inspiración para su actividad como escritor. Enrolado dentro de la novela regional y de costumbres, su genio siempre vivo produjo obras que no tardaron en ser un éxito del cine argentino.
En 1936 ganó el Segundo Premio Nacional de Literatura porsu novela "Fuego en la montaña", llevada al cine en 1943 con guión de José Ramón Luna, Carlos Torres Ríos y Arturo Lorusso. Algunas de las escenas de la película se filmaron en Altagracia. Los protagonistas fuern Florén Delbene y Aída Alberti, entre otros.
Su libro "Mandinga en la sierra", escrito en colaboración con Rafael de Rosa, motivó la realización de una película con el mismo nombre. Interpretada por Luisa Vehil y Nicolás Fregues, se estrenó el 7 de marzo de 1939.
Duilio Marzio, Fernanda Mistral y Mario Soficci protagonizaron "El curandero", el argumento era de Arturo Lorusso.
Fue autor de numerosas obras teatrales, entre ellas, "La botica de enfrente", "La ínsula de don Felino" y "Un negocio redondo", y hasta escribió un tango que grabó Agustín Magaldi titulado "Mama llevame pa'l pueblo".
El Dr. Arturo Lorusso vivió en Altagracia casi treinta años. Murió el 14 de marzo de 1947 en la ciudad que amó y que inspiró cada una de sus creaciones.
Fuente: Cristian Moreschi

miércoles, 27 de mayo de 2009

El Pacto de Alta Gracia

Ubicada en el paso obligado entre el este y el oeste, la antigua propiedad de los jesuitas quedó en el fuego cruzado entre unitarios y federales, por lo que fue víctima de saqueos y depredaciones.
Alfredo Rizzuto, en su "Historia y evocación de Alta Gracia" narra: "En tiempos de Rosas, las tropas federales asaltaron y trataron de quemar la villa dejando - como él decía - nada más que los calicantos del monumental edificio, por no haber podido cargar con ellos los invasores".
En su libro "Alta Gracia, 400 años de historia", el cronista Oscar Ferreyra Barcia, destaca un singular acontecimiento ocurrido el 16 de abril de 1830, que, según el relato, tuvo trascendencia nacional.
Se trató del llamado "Pacto de Alta Gracia", propiciado por el entonces gobernador de Córdoba, General José María Paz, que frecuentemente visitaba a su amigo Manuel Solares, dueño de la estancia, quien le ofreció las instalaciones de su propiedad para tan magno acontecimiento.
Tras la celebración del pacto de Pilar en 1820, en nuestro país se comenzaron a reorganizar las autonomías locales, este hecho dio inicio a la creación de Cartas Fundamentales o Estatutos, y por otro lado, a tratados, pactos, convenciones o acuerdos de diferentes características, algunos eran de alianza ofensiva o defensiva, otros de paz, amistad y cooperación, fijación de límites, etc.
El Pacto de Alta Gracia, firmado el 16 de abril de 1830 entre Córdoba y San Juan, fue precisamete de paz, amistad, alianza ofensiva y defensiva. Los gobernadores eran el General José María Paz y Jerónimo de la Rosa, respectivamente.
Entre sus principales artículos el gobierno de San Juan se comprometía a liberar a todos "los cordobeses y vecinos de la Provincia de Córdoba que durante la presente guerra han sido arrancados de sus hogares y conducidos a dicha provincia de San Juan". Otro punto fijaba una amnistía general para todos los emigrados y desterrados de estas provincias. Se determinó asimismo licenciar a todas las tropas que no fueran de absoluta necesidad. En relación con la economía, quedó libre el comercio entre ambas provincias.
Otro escritor cordobés, Gontrán Ellauri Obligado, opinaba sobre el hecho: "Poco después, como consecuencia del Pacto de Alta Gracia, el 11 de agosto de 1830, se ajustaba un pacto de unión y alianza entre Córdoba, San Luis, Mendoza, San Juan, Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca y La Rioja, mediante el cual al General Paz se le confería el supremo poder militar de las fuerzas de línea y milicias de dichas provincias, hasta la instalación de la autoridad nacional". El mismo autor opina que este pacto "es uno de los premisores de nuestra Carta Magna actual, que fuera elaborada recién después de Caseros (1853)..." y mejorada con el Pacto de San José de Flores en 1859 con el ingreso de la provincia de Buenos Aires.
El Pacto de Alta Gracia, un hito en la historia nacional que los altagracienses debemos conocer y recordar.

viernes, 22 de mayo de 2009

Krakatoa

"Rosemarie", "Krajo's", "Tobruk", "Krakatoa", nombres inolvidables en los recuerdos de los que no son tan jóvenes y que tienen un poco más de medio siglo sobre sus espaldas. Eran los cuatro boliches donde se iba a bailar los fines de semana, no sin antes pasar por las confiterías "Stuggart" o "San Remo" a hacer lo que hoy nuestros hijos llaman "la previa", allí los jóvenes se juntaban a charlar, a tomar algo, a ver a la chica o el muchacho que les gustaba y saber adonde iría a bailar para tratar de conquistarla. "Krajo's" y "Tobruk" eran los más sofisticados. "Rosemarie" el más antiguo.
Pero "Krakatoa" fue el más popular y el que más éxito tuvo. Fue el 17 de septiembre de 1971 en que por inciativa de tres soñadores: Lalo Ferreira, Carlos Adam y Alberto Portas nacía este boliche cuyo nombre estaba inspirado en una película famosa en esa época: "Krakatoa, al este de Java". Cuenta Cristian Moreschi en su libro "Camino de la Historia": "El primer tema que puso el disk jockey fue el de la serie Misión Imposible... La inauguración fue tan exitosa que abrieron un viernes y trabajaron cinco noches seguidas con la capacidad colmada...".
La disco se convirtió en lugar obligatorio de salida los fines de semana, igual que lo eran "Abuela Valentina" en Río Segundo, y "Keops" en Carlos Paz. Allí actuaron entre otros León Gieco, Miguel Cantilo, Raúl Porchetto, Los Iracundos, Cacho Buenaventura y el Negro Álvarez.
También se realizaron las matinées organizadas por los estudiantes para juntar fondos para los viajes de fin de curso.
"Entre las locuras que hicieron sus propietarios, merecen un párrafo aparte los regalos que se hacían a los asistentes. Se sortearon desde un Ford T, o un Fiat 600, ¡hasta una vaca! El ganador no lo podía creer cuando entraron el animal al boliche para entregárselo en sus porpias manos. La imagen quedó grabada en la memoria de muchos... Aquellos fueron los días felices", nos sigue contando Moreschi.
Pasaron veintiocho años, y el 29 de enero de 2000, la erupción de este volcán en pleno centro de Altagracia terminó, aquellas noches inolvidables de Krakatoa se apagaron para siempre. Dicen que el último tema que se escuchó fue la música de Misión Imposible.

Fuente: "Camino de la Historia", de Cristian Moreschi

lunes, 11 de mayo de 2009

Fray Alberto García Vieyra

Nació en 1912, su nombre era Jaime, su niñez, adolescencia y juventud transcurrió en estas tierras. Había estudiado medicina y hacia allí pareció que iba dirigida su vocación, pero estando haciendo sus estudios en el Instituto Santo Tomás de Aquino de la ciudad de Córdoba, descubrió el llamado sacerdotal y fue cuando decidió su ingreso a la Orden Dominicana, en la que profesó hacia 1935.
Fue en ese momento en que quiso llamarse para siempre Fray Alberto.
La filosofía la cursa en Córdoba y Buenos Aires, la teología en Roma, hasta que se ordena en 1939, y se doctora tres años después con una tesis sobre los dones del Espíritu Santo en San Alberto Magno.
Tenía fama de santidad, sabiduría y humildad extrema. Era un secreto a voces que las inteligencias sacerdotales y laicales más prominentes cuando estaban ante alguna duda teológica lo iban a consultar a Fray Alberto. Otro dato indiscutido era que tenía tanta seguridad en las respuestas como tolerancia cero ante errores formales. Y era al fin una tercera certeza, que este hombre de hablar monótono y cansino, pronunciaba los juicios más categóricos y esclarecedores, sin inmutar su serenidad, su gracia y su imborrable tonada cordobesa.
Los frailes Daniel y Rafael Rossi, O.P, al presentar su Catecismo, testimonian con gratitud y coraje su “palabra de contemplativo: profunda y luminosa, bella y clara”, y lo reconocen como arquetipo vivo a quien tuvieron la gracia de poder emular en el “período de formación en la vida religiosa”.
Cuentan que Fray Alberto, en el seminario de Paraná, comenzaba sus clases, serenamente, arrodillándose delante de una imagen mariana y dirigiendo el rezo de los seminaristas. Y cuando ya enfermo, un sacerdote entra en la celda del Convento en que se alojaba para higienizarla, creyendo que no se encontraba lo sorprende postrado en el piso, permitiendo descubrir que el Padre, cada vez que escribía sobre la Virgen María, lo hacía de rodillas.
De vida humilde, afable, servicial, íntimamente alegre y gozosa. Recorrió diversas provincias predicando y dejando múltiples y esclarecedores escritos.
Fray Alberto García Vieyra, otro hijo dilecto de Altagracia, murió el 20 de diciembre de 1985, en la ciudad de Santa Fe.

martes, 7 de abril de 2009

El día que Alfonsín visitó Altagracia

Cumplíamos 400 años desde que Juan Nieto recibiera la merced de estas tierras de parte del gobernador de las Provincias del Tucumán, Juan Ramírez de Velasco, allá por 1588. Tierras que fueron bautizadas con el nombre que actualmente con orgullo ostentamos por su segundo dueño, don Alonso Nieto de Herrera, en honor de la patrona de su pueblo natal, Garrovillas de Alconétar, en España.
Fue el 8 de abril de 1988. Altagracia estaba de fiesta, y recibíamos la visita del Presidente de la Nación, Raúl Ricardo Alfonsín. Nuestro intendente era Audino Vagni. Se levantó un palco en la explanada del museo jesuítico. Desde allí habló a la multitud que se había juntado para escuchar sus palabras. Había gente por todos lados, en la Plaza Solares no entraba un alfiler. Estaban todos presentes, sus seguidores y sus opositores. Era el primer presidente democrático después de años de dictadura militar, todos queríamos verlo.
Después de recorrer la Estancia Jesuítica, presidió una sesión extraordinaria del Consejo Deliberante, que se realizó en el Salón de Actos de la Casa Histórica, y luego de un almuerzo en su honor partió.
La visita fue corta, unas horas nada más, pero dejó su impronta en nuestra memoria.
Raúl Alfonsín, el 31 de marzo, a pocos días de cumplirse los 21 años de su histórica visita, nos dejó. Tenía 82 años. No voy a juzgar el desempeño de su gestión, no soy quien para hacerlo, se le podrán atribuir grandes aciertos y otros tantos errores. ¡Qué político no los ha tenido!
Sólo puedo decir que murió un hombre de bien, firme y leal a sus principios, a quien jamás se le ha achacado un hecho de corrupción. Sólo por eso merece mi respeto y el de todos los argentinos.
Hace casi 21 años Altagracia estaba de fiesta, hoy, como todo el país, está de luto.

miércoles, 25 de marzo de 2009

El maestro Rodolfo Bútori

Los niños corren y juegan por el parque infantil, pasan frente a una estatua, sin saber que representa a quien más trabajó por el deporte de la ciudad: el maestro Rodolfo Bútori.
Profesor de Educación Física y amigo incondicional de los más chicos, había nacido en Córdoba en 1907 y posteriormente se vino a vivir a Alta Gracia.
Siendo joven practicó el boxeo teniendo una respetable actuación: fue campeón provincial y llegó a combatir por el título argentino. Después de colgar los guantes se dedicó a la preparación física. Tuvo a su cargo la conducción de varios equipos de nuestra ciudad, pasando a Córdoba donde fue director técnico de Belgrano de 1933 a 1941, y de Talleres entre 1942 y 1947.
Pesaba más de cien kilos distribuidos en 1,88 m de estatura. Existe una foto donde se lo ve levantando a tres jugadores de Talleres, uno en los hombros y los dos restantes en cada brazo.
Era un amante del orden y la disciplina, y los alumnos lo sabían. Si te llegaba a encontrar fumando la primera cachetada era para hacerte volar el cigarrillo, y la segunda, para hacerte abandonar el vicio.
Los estudiantes no solo lo respetaban, también lo querían. Fue un pionero en la tarea de sacar a los chicos de la calle y darles un lugar en el deporte.
Se destacó en el lanzamiento de bala, siendo el primer atleta en Sudamérica que superó los 14 metros. Tuvo su momento de gloria en 1939. La Confederación Atlética Argentina había partido hacia Perú al Torneo Sudamericano en Lima. Debido a una maniobra desleal de los dirigentes porteños, la comunicación para integrar la delegación le llegó tarde.
¡No había en América latina otro deportista que lanzara la bala como él, y Argentina se daba el lujo de no llevarlo! Entre la bronca y la impotencia envió una carta a Buenos Aires en la que informaba que el 18 de mayo, el mismo día en que iniciaban las pruebas en Perú, en la cancha de Talleres, intentaría batir su propio récord.
Fue en el entretiempo del partido entre Talleres y Universitario en que el maestro Bútori entró a la cancha con un paquete envuelto en papel de diario, lo dejó a un costado, por los parlantes se anunció que iba a intentar superar su marca de 14,70 m. La prueba la fiscalizaba la Federación Cordobesa de Atletismo. Luego de dos intentos fallidos, en el tercero arrojó la bala con todas sus fuerzas. Después de la medición, el locutor anunció a viva voz que Rodolfo Bútori había batido su propio récord: ¡14,90 m ¡.
Bútori corrió hacia el paquete misterioso, lo abrió y desplegó una bandera argentina que comenzó a agitar con fuerza. Envuelto en los colores de la patria y con el público ovacionándolo de pie, el maestro le había ganado a la injusticia.
Al día siguiente se enteraron de que, en Perú, el mejor argentino había clasificado cuarto y ni siquiera había superado los 14 metros.
Rodolfo Bútori murió en 1965, a los cincuenta y siete años. Su corazón de gladiador había dicho basta.
El bronce con su rostro entronizado en el Parque Infantil que lleva su nombre nunca pudo ser mejor ubicado, su memoria estará siempre protegida por los niños de todas las generaciones que vayan a jugar a él, acunados por su mensaje de siempre a sus alumnos: “DISCIPLINA, COMPAÑERISMO Y VOLUNTAD PARA EL BIEN DE LA PATRIA, DE LA ESCUELA Y DE NUESTRO HOGAR”.

Fuente: “Camino de la historia” de Cristian Moreschi



Foto: Periódico "Nuevo Sumario"



domingo, 22 de marzo de 2009

Myriam Stefford y Raúl Barón Biza (2da. Parte)

Después de su fastuoso casamiento, tras tres años de vivir en París, el matrimonio regresó a la Argentina. Se quedaron en Buenos Aires, aunque de tanto en tanto viajaban a la estancia, a la que Barón Biza había rebautizado con el nombre de su mujer, y alimentaron las páginas sociales de las revistas porteñas. El diario La Prensa publicó una fotografía de Myriam, “retirada del mundo del espectáculo por expreso pedido de su marido”, en la que se la veía paseando por los jardines de Berlín con un leopardo amaestrado, llamado Gaucho.
Cuando llegaron a Buenos Aires en el verano de 1931, Myriam ya se había olvidado del cine. Vivían en una casona frente a la plaza Francia, en Recoleta, y las cabalgatas por los bosques de Palermo se alternaban con las galas en el Colón, en las que la ex actriz se lucía con pieles y gasas, brazaletes de oro de Cartier y un anillo que llevaba engarzado un diamante de 45 kilates, llamado Cruz del Sur.
Para entonces, la Stefford había empezado a cultivar una pasión que le devoraría la vida: volar.
En solo dos meses había conseguido el brevet de piloto civil y había elegido como instructor a Ludwig Fuchs, un alemán veterano de la Primera Guerra. “Quiero iniciar un vuelo de largo aliento y llegar con mi avión donde nunca llegó otra mujer”, decía. Barón Biza le había regalado un pequeño monoplano biplaza de ala baja, un BFW con motor de 80 caballos construido en madera de pino, y en ese avión, al que había bautizado Chingolo, comenzaría el raid que la llevaría a la muerte.
Al principio, había planeado un vuelo que la conduciría hasta Río de Janeiro, como parte de un proyecto más ambicioso que la convertiría en la primera mujer que uniera en avión Argentina y los Estados Unidos.
Fuchs, sin embargo, consiguió que desistiera del proyecto y que accediera a intentar un itinerario más modesto que uniera las 14 capitales de provincia de la Argentina de esa época.
El 18 de agosto de 1931 el raid comenzó en el aeródromo de Morón, y la primera etapa acabó esa tarde al llegar a Corrientes. Al día siguiente, Stefford y su instructor Fuchs como acompañante viajaron a Santiago del Estero, y la tercera etapa los llevó a Jujuy, donde al aterrizar chocaron contra un alambrado que destruyó parcialmente el avión.
Era una advertencia que nadie hubiera desoído, pero Myriam aceptó el avión que otro piloto, Mario Debussy, le ofreció para continuar, lo bautizó Chingolo II, y desde allí volaron a Salta, Tucumán y La Rioja.
El 26 de agosto de 1931, cuando estaban en camino a San Juan, el motor de la aeronave se paró para siempre sobre los campos de Marayes y se incendió al caer. Ludwig Fuchs y Myriam Stefford murieron instantáneamente. Ella tenía 26 años.
Aunque una pericia policial determinó que el accidente había sido provocado por la limadura de una chaveta en el motor y el mecánico del avión denunció a Barón Biza por el crimen, se decía que estaba celoso de la relación de su mujer con su instructor, nada su pudo probar y la pena del viudo adquirió características monumentales.
A Myriam Stefford la velaron a cajón cerrado en el Centro de Aviación Militar, y al entierro concurrió una multitud. A los pocos días, en el lugar del accidente, su viudo hizo colocar un monolito con una placa que decía en italiano: “Un bel morir tutta la vita onra”. Cuatro años más tarde, pondría en marcha el proyecto de la tumba faraónica.
El lugar elegido para emplazarlo fue su estancia Los Cerrillos, en Alta Gracia, y convocó al ingeniero Fausto Newton y a un centenar de obreros polacos para que pusieran manos a la obra. Seis meses después, cuando estuvo terminado, el monumento era imponente: un ala de avión de hierro y cemento de 85 metros de altura, hueco por dentro, y coronado por una faro.
En la cripta a seis metros de profundidad, Barón Biza hizo colocar los restos mortales de su mujer, y la leyenda dice que metros más abajo, entre los cimientos, una caja de acero donde guardó sus joyas, incluido el diamante Cruz del Sur.
El sepulcro estaba rodeado por cariátides y cubierto por una lápida de mármol negro, donde rezaba: “Maldito sea el que profane esta tumba”. A la entrada del monumento, en una vitrina, estaban el casco de Myriam Stefford, su reloj de vuelo y el timón del Chingolo II, debajo de una losa con la siguiente leyenda: “Viajero, rinde homenaje con tu silencio a la mujer que en su audacia quiso llegar hasta las águilas”.
Raúl Barón Biza puso distancia con el recuerdo de su primera mujer y su tumba faraónica. Se casó de nuevo con Clotilde Sabattini, hija del ex gobernador radical Amadeo Sabattini. Había dilapidado su fortuna, y acabó sus días en Buenos Aires administrando los locales del Pasaje Obelisco, bajo la avenida 9 de Julio.
El 17 de agosto de 1964 le pondría el punto final a la novela de su vida, suicidándose tras una violenta discusión con su ya segunda ex mujer, en la que le había arrojado ácido en la cara.
Sus hijos decidieron por él cual sería su último destino: hoy Raúl Barón Biza está enterrado bajo un olivo, en Los Cerrillos, a metros del ala funeraria donde yacía Myriam Stefford.

Fuente: “Una pareja de película” de Jorge Camarasa



Los Comechingones

Fueron los pobladores primitivos de las tierras de Alta Gracia. Estos aborígenes habrían llegado a la provincia hace aproximadamente 2500 años a través de un corredor montañoso ubicado en el norte cordobés, conocido como Zumampa. Eran morenos, altos, delgados, de cabeza alargada, y con barba como los cristianos.
Pueblo sedentario de una economía mixta. Por un lado labradores con agricultura bien desarrollada de pocas especies, conservadas en silos subterráneos, contando con riego artificial y útiles de labranza de piedra y hueso. Y por otro, recolectores de frutos y vegetales, y cazadores pedestres con boleadoras, arco y flechas de punta de piedra o hueso.
Usaron cuevas de la sierra como viviendas temporarias. En forma permanente utilizaron choza semi subterráneas, las “casas pozo”, excavándolas hasta formar paredes que luego tapizaban con madera y cueros, cuyo techo se construía en la superficie con ramas y paja.
Los varones comechingones vestían poncho con abertura para la cabeza y brazos, y en invierno agregaban mantas de lana con adornos de muchos colores. Para guerrear se pintaban el rostro mitad negro y mitad rojo.
Sus mujeres usaban falda larga tejida o de piel y camiseta corta adornada con laminillas de caracol terrestre. Adornaban su cabeza con vinchas de lana tejida, de la cual pendían adornos de metal. Se perfumaban con “suico”, planta olorosa de la zona y su peinado partía el pelo al medio y se recogía con una trenza.
Con el grano de maíz fermentado preparaban la “chicha”, una bebida que consumían en abundancia durante las fiestas del solsticio y el equinoccio. Recolectaban la algarroba y con las vainas de ese fruto preparaban una harina que llamaban “patay” y una bebida fermentada llamada “aloja”, usada en fiestas y ceremonias.
En materia religiosa adoraban al sol y la luna, practicaban la magia y danzaban para conjurar todo tipo de males.
Los comechingones son poseedores de la más extraordinaria riqueza pictográfica del territorio argentino y una de las más destacadas del continente americano. Más de 1000 obras de arte rupestre, dibujadas y pintadas por estos aborígenes se encuentran en lugares remotos y escondidos de nuestra serranía. Las más conocidas se encuentran en grutas y cavernas de Cerro Colorado.
Ellos llamaron a esta zona “lugar de vegetación enmarañada”, y los futuros habitantes habríamos de tomar el vocablo indígena para designar al lugar tal cual se lo conoce hoy.
Alta Gracia, capital del valle de Paravachasca. Una ciudad levantada en tierras del antiguo dominio comechingón, al pie de las sierras chicas, y ubicada en un valle con nombre indio que ningún conquistador pudo borrar.

sábado, 21 de marzo de 2009

Myriam Stefford y Raúl Barón Biza (1ra. Parte)

Contradictorio, depresivo, violento, pasional. Una personalidad fascinante. A casi 45 años de su muerte, Raúl Barón Biza sigue generando contradicciones.
Nació en Villa María, Córdoba, en 1899. Su padre había hecho una gran fortuna como cerealero cuando terminaba el siglo XIX, y fue uno de los colonizadores de La Pampa, uno de los pueblos fundados por él, lleva su apellido: Colonia Barón.
Su madre era tucumana, hija de españoles, había puesto al servicio de la ayuda social toda su fortuna, y tenía raíces en una familia tradicional y católica de la alta burguesía.
Raúl fue enviado a Europa para su educación y pasó su juventud entre viajes y una vida cómoda en París. Ya en 1928 había visitado los puertos más exóticos del Viejo Mundo.
Eran los años siguientes a la Gran Guerra, y los empobrecidos europeos observaban con envidia y sorpresa a esos argentinos ricos que daban la vuelta al mundo en sus propios barcos, con sus vacas a bordo para tener leche fresca, derrochando el dinero que parecía inagotable.
Fue en Viena, una de las etapas de esa fiesta inacabable, donde Raúl Barón Biza conocería a Myriam Stefford. En “El derecho de matar”, una de las novelas que le harían fama de escritor maldito, la describía así: “Boca pequeña de labios pintados, tibios, húmedos. Boca de carmín, tenía ese rictus embustero, delicioso y un poco canalla de todas las divinas bocas nacidas para mentir y besar”.
Era hija de padres italianos y había nacido en Berna, Suiza, en 1905. Su verdadero nombre era Rosa Margarita Rossi Hoffmann, su padre trabajaba en una fábrica de chocolates, y su madre era ama de casa. A los 15 años se había escapado hacia Viena y Budapest, donde se transformaría en una actriz sin más talento que su belleza. Para cuando conoció a Barón Biza su carrera artística empezaba y terminaba en tres películas que la contaban en el reparto: “Póquer de ases”, “Moulin Rouge” y “La duquesa de Chicago”. Siendo una joven hermosa y desprejuiciada, se dejó seducir por el joven millonario argentino.
Corría 1925 y la vida de la pareja, desde el primer encuentro, estuvo llena de bellos lugares comunes: Saint Moritz en invierno, la Costa Azul y la Riviera Italiana en verano, Capri y Venecia todo el año. Unas largas vacaciones que, sin saberlo, el padre de Raúl financiaba desde Córdoba con su negocio de cereales.
A mediados de 1928 la pareja llegó a Buenos Aires en la primera clase del buque “Cap d’Ancona”. Myriam Stefford y Raúl Barón Biza, jóvenes, ricos y despreocupados, parecían los dueños del mundo. La necesidad de pompa de algunos periodistas hizo que ella pasara a ser una baronesa, una revista escribiría sobre ella: “Sólo los encantos de su belleza, la majestad de su porte, la delicadeza de sus líneas, recordaban su condición de aristócrata”.
Mientras tanto, anticipando al escritor en que se transformaría, Barón Biza y su amante manejaban a discreción una historia que ellos mismos habían inventado. Habían hecho creer que el viaje a Buenos Aires era sólo una escala en el camino de la dama a Hollywood, donde debía firmar un multimillonario contrato para filmar una película. Myriam declaraba: “En Europa de habla mucho de este país; se dice que Buenos Aires es la París de América. Vine solo por tres semanas, lo justo para conocer una estancia, bailar unos tangos y tomar mis buenos mates, porque en United Artists me manifestaron el deseo de filmar una película sobre gauchos”.
Después de pasar unos días en Los Cerrillos, la estancia familiar cerca de Alta Gracia, la pareja regresó a Europa y, el 28 de agosto de 1928, en lo que las crónicas mundanas calificarían como “el acontecimiento social de año”, Myriam Stefford y Raúl Barón Biza se casaban en Venecia, en la basílica de San Marcos. Entre los invitados figuraban la princesa Lucinge de Faucigny, la baronesa Nelly de Rotschild, la condesa Albrizzi, la duquesa Di Sangro y el príncipe Alessandro Ruspoli.

Fuente: “Una pareja de película” de Jorge Camarasa

viernes, 16 de enero de 2009

El Demóstenes argentino

Demóstenes fue el orador más importante de la antigüedad, conocido por sus encendidas alocuciones contra Filipo de Macedonia en defensa de la democracia y la libertad.
Aquel joven ateniense tartamudo, que supo corregir ese defecto llegando a pronunciar los discursos más célebres de la época, terminó sus días enviado al destierro por orden del gobernador Antípater. Demóstenes nunca pudo superarlo y se envenenó en la isla de Poseidón. Tenía sesenta y dos años.
Pero... ¿qué tiene que ver con Alta Gracia?.
Es que en nuestra ciudad vivió quien fuera bautizado como el Demóstenes argentino: Belisario Roldán.
Nacido en Buenos Aires el 16 de septiembre de 1873, se graduó como doctor en Derecho a los veintidos años y fue también poeta, escritor, autor de numerosas obras de teatro y diputado nacional en 1901. Este prolífico hombre de la cultura se destacó por una cualidad por la que habría de ser recordado siempre: era un orador brillante. Cuando pedía la palabra, el auditorio se preparaba para un discurso que conjugaba la poesía con la retórica más exquisita. Belisario Roldán era considerado, junto a Alfredo Palacios, uno de los oradores más prestigiosos del parlamento argentino.
Afectado por una enfermedad pulmonar, se vino a vivir a Alta Gracia en 1921 y se instaló en un chalet de estilo inglés ubicado sobre la calle Eduardo Madero.
Nunca dejó de componer; lo recuerdan sentado en una piedra junto al arroyo, escribiendo poesía y haciendo una pausa de tanto en tanto para beber algún sorbo de ginebra, o encabezando una multitud que lo seguía hasta el Sierras Hotel, donde pronunció un discurso memorable en ocasión del final de la guerra. El teatro del casino fue el escenario donde estrenó la obra "La virgen de la pureza" que terminó de escribir en nuestra ciudad.
Si bien Alta Gracia le había dado el clima ideal para el mal que lo atormentaba, su salud estaba cada vez más frágil y ya no podía soportarlo. Ante lo irreversible de su enfermedad, tomó una drástica determinación: al igual que Demóstenes, decidió quitarse la vida. Lo hizo en su casa de barrio El Alto. Tenía 49 años.
Fue en 1922, pero las efemérides nunca lo recuerdan porque murió un 17 de agosto, el mismo día de la muerte del general San Martín.
Roldán había sido el orador en la inauguración de la estatua del general en Boulogne-Sur-Mer, Francia, el 24 de octubre de 1909. Todavía suena, para la posteridad, la apertura del discurso frente a la imagen del Libertador: "Padre nuestro que estás en el bronce...".
Los aires puros y limpios de las sierras de Córdoba fueron el motivo que lo trajo a vivir a nuestra ciudad.
Los que habitamos esta tierra pensamos que aquí existe algo más, de naturaleza misteriosa, difícil de explicar. Algo que nos permite mezclar en un relato a la antigua Grecia de Demóstenes con los poemas del orador más ampuloso de la política y las letras del país, con la memoria de José de San Martín.
Todos ellos pueden estar juntos gracias a un denominador común que es Alta Gracia... o como la había bautizado Belisario Roldán, "la villa de la lacia cabellera del sauzal".
Fuente: "Camino de la historia" de Cristian Moreschi

martes, 30 de diciembre de 2008

El niño Ernesto

Escribir sobre el Che Guevara es redundar sobre lo ya escrito por tantos otros, los que lo enaltecieron y los que lo detractaron.
En Alta Gracia, Ernesto Guevara de la Serna fue Ernesto, o Ernestito, como lo llamaban cariñosamente sus amigos y familiares.
Había nacido en Rosario el 14 de junio de 1928. Hijo de Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna Llosa, a los cuarenta días de nacido sufrió una pulmonía y al poco tiempo le diagnosticaron una afección asmática severa.
El médico familiar les recomendó las sierras de Córdoba y fue así que en 1932 la familia llegó a Alta Gracia. Tuvieron varias residencias: pasaron por el La Gruta, hoy propiedad de los Padres Carmelitas Descalzos, después por la casa de la familia Fuentes Condal, frente al golf, hasta que se establecieron en el chalet "Villa Nydia", el actual museo dedicado a su memoria, que era propiedad de Alberto Lozada, uno de los últmos dueños de la residencia jesuítica.
Vivían de los alquileres de unos campos que Celia de la Serna tenía en Villa Sarmiento y de las rentas producidas por unos yerbatales en Misiones. Así y todo, muchas veces pasaron dificultades económicas.
Criado en un ambiente donde se hablaba de política, Ernestito escuchaba con frecuencia como su padre reunido con el maestro Manuel de Falla, apoyaba el movimiento revolucionario español.
Su grupo de amigos estaba formado por "Calica" Ferrer, quien años más tarde fuera su compañero en el segundo y definitivo viaje por Latinoamérica, Carlos Figueroa, Leonardo y Enrique Martin, Ariel Vidosa, Mario Raúl Salduna, entre otros. Era la banda del barrio Carlos Pellegrini. Eran los del Alto.
El asma le impidió comenzar el primer grado, y fue su madre quien le enseñó las primeras letras, luego ante la obligatoriedad de asistir a clases, lo anotaron en la escuela. Realizó sus estudios en el colegio San Martín y más tarde en el Santiago de Liniers. Las faltas justificadas a clase estaban a la orden del día, más de una vez su enfermedad lo obligó a quedarse en casa.
Los amigos de la barra del Alto nunca lo juzgaron, prefirieron recordar al amigo de su niñez, recuerdos que encuentran al mito de pantalones cortos, corriendo por esta villa serrana, ignorando el destino que vendría.
O paseando en pijama a las tres de la mañana en el coche de su padre, para que el aire aliviara sus pulmones. O bañándose en el arroyo o jugando a la pelota, juegos muchas veces suspendidos para llevarlo a su casa para ser atendido...
Hoy, muchos en el mundo lo reclaman y lo levantan como bandera de lucha.
El Che les pertenece.
Los sobrevivientes de la pandilla suelen mirarse en el retrato gigante que existe en el museo, en el que una decena de chicos de ropas zurcidas y gestos atorrantes los devuelven a esos años del 30. Pero ya nada es igual. Las ausencias se notan. El mundo ya no es el mismo. Ernesto, de ser el jefe de la barra del Alto pasó a liderar una revolución. Siempre había soñado con un mundo mejor y pagó con su vida el precio de mantener sus ideales.
El mundo lo conoció bien, y lo admiraron... y lo criticaron...
El escritor Eduardo Galeano expresó: "¿Por qué será que el Che tiene esa peligrosa costumbre de seguir naciendo?. Cuanto más lo insultan, lo manipulan, lo traicionan, más nace. Él es el más nacedor de todos. ¿No será porque el Che decía lo que pensaba y hacía lo que decía? ¿ No será que por eso sigue siendo tan extraordinario, en un mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se encuentran no se saludan porque no se conocen?".
Compartamos o no sus principios, hay que reconocer que fue un idealista puro, que supo luchar y morir por la causa que abrazó, siempre fiel a lo que con sinceridad creyó era lo mejor para su pueblo.
El niño Ernesto, un habitante más que pasó por Alta Gracia...

viernes, 19 de diciembre de 2008

Lucía Trejo, una gran longeva

“En Capilla de Alta Gracia, a 28 de marzo de 1780, en compañía de los RR. PP. Fray Bernardo Rospigliosi (doctor teólogo egresado de la Universidad de Trejo) y de Fray Fermín Oliva, ambos mercedarios y que habían concurrido a celebrar la Semana Santa, yo el Cura y Vicario, enterré el cuerpo de Lucía Trejo, negra de esta Estancia de Alta Gracia. Murió con todos los sacramentos, y según declaraciones jurídicas que por orden de su majestad se tomaron, de edad 176 años o de 178: pues se desprende de las declaraciones de la famosa negra, que debió nacer en 1602 o 1604. Fue esclava y conoció al Ilmo. Sr. Trejo, Obispo de esta provincia que falleció en 1614. Y para que conste firmo: Dr. Juan Justo Rodríguez”.
R. P. Pablo Cabrera
(“Tríptico Histórico)
Lucía Trejo, fue una negra liberta del Obispo Fray Fernando de Trejo y Sanabria, fundador de la Universidad de Córdoba, y que sirviera bajo sus órdenes por largos años, nació en Córdoba. Como era costumbre en esa época, había tomado el apellido de su patrón, como propio, y hasta asistió a los funerales del ilustre Obispo, pues por entonces contaba alrededor de doce años de edad.
Cuando se la interrogaba al respecto, contaba detalladamente los hechos, pues conservaba nítidas las circunstancias que giraban en torno a la muerte de quien, además de amo, le otorgara la libertad.
Desde entonces, hasta su muerte, vio pasar todos los aconteceres políticos e históricos de Córdoba. En sus últimos años y para asistir a misa era trasladada en una angarilla que sostenían dos negros que vivían como ella en Alta Gracia, en la Ranchería junto al Obraje jesuítico. Cuando las autoridades la interrogaban sobre su vida, quedaban sorprendidos con la lucidez con que solía evacuar tales consultas.
Murió en pleno dominio de sus facultades mentales.
Lucía Trejo, un caso de longevidad extraordinaria de Alta Gracia.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Enrique Larreta



Enrique Rodríguez Larreta, nació en Buenos Aires el 4 de marzo de 1875, y muere en esa misma ciudad el 6 de julio de 1961. Era miembro de una antigua familia de fortuna y contrajo matrimonio con una hija de la más emblemática de las familias aristocráticas de nuestro país, la de Anchorena. Estudió Derecho y trabajó como profesor de historia. Se desempeñó como embajador en Francia y ante la Exposición Iberoamericana de Sevilla, en 1929. En los años 1915 y 1916, residió en Biarritz, Francia, y frecuentó Ávila, en España, donde actualmente una calle lleva su nombre. Se vinculó con Miguel de Unamuno, al que admiraba. Colaboró en publicaciones periodísticas de su época y estudió minuciosamente la historia española. Se nutrió literariamente de la antigüedad clásica y del Siglo de Oro español, tema que lo obsesionaba.
En 1896 apareció su primera novela, “Artemis”, ambientada en la Grecia antigua. En 1908 publicó “La gloria de Don Ramiro”, reconstrucción histórica y literaria de la España del siglo XVII. Esta novela incomparable, de estilo lírico y arcaico, logró notable repercusión. En 1926, editó “Zogoibi”, que significa “el desventurado”, apodo con que fue conocido el rey Boabdil tras la pérdida de Granada; y en 1953, “Gerardo o la torre de las damas”. Zogoibi se ambienta en la Provincia de Buenos Aires y retrata la vida de las estancias argentinas a principios del siglo XX, contando la nostalgia de la aristocracia por los tiempos idos, en contraste con la vida sencilla de los campesinos. Escribió ensayos sobre la actualidad española, agrupados en “Las orillas del Ebro”, y el libro de sonetos “La calle de la vida y de la muerte”. También fue autor de las obras de teatro “La que buscaba don Juan”, “El linyera”, “Santa María del Buen Aire”, “Pasión de Roma” y “Las dos fundaciones de Buenos Aires”.
Fue miembro de la Real Academia Española y de la Academia Argentina de la Historia. Su casa de estilo renacentista español, en el barrio residencial de Belgrano, en Buenos Aires, es actualmente un notable museo. Ubicada en la que fuera alguna vez zona de quintas de veraneo, tiene un jardín de alcázar andaluz, único en su estilo en Buenos Aires. Allí puede apreciarse el mobiliario y las colecciones de obras y objetos de arte que testimonian su pasión por España.
Enrique Larreta fue un enamorado de Alta Gracia y sus alrededores. En 1918 le compró al político cordobés José Aguirre Cámara, el campo “El Potrerillo”, un antiguo dominio jesuita. Allí levantó una casa de estilo colonial de dos plantas con una capilla. Y como para dejar su sello, con sus propias manos y con arcilla del lugar esculpió la imagen de la Virgen de la Merced que hasta el día de hoy se conserva en el mismo sitio. Su nieto mayor y amigo, Ignacio Zuberbühler, cuenta que una tarde caminando por el lugar le dijo: “Alguna vez van a tener que lotear esto y ponerle de nombre El Potrerillo de Larreta”, un deseo que el tiempo y la familia se encargaron de concretar.






Fotos de la capilla y casa en "El Potrerillo"



domingo, 30 de noviembre de 2008

Santiago de Liniers


Santiago de Liniers fue Virrey del Río de la Plata entre 1807 y 1809. Vivió con sus hijos en la Estancia de Alta Gracia solamente cinco meses en el año 1810.
Había recibido del rey Fernando VII, el título de Conde de Buenos Aires, distinción que le fuera otorgada por su notable desempeño en la recuperación de esa ciudad, luego de que el ejército británico tomara posesión de ella en los años 1806 y 1807. La denominación escogida para su título nobiliario recordaría para siempre el nombre de la ciudad que fue escenario de su mayor hazaña.
Nació en Niort, Francia, el 25 de julio de 1753. Su nombre completo era Jacques Antoine Marie de Liniers et Bremond. Caballero de la Orden de San Juan y Caballero de la Orden de Malta, tuvo un primer y fugaz paso por el Río de la Plata, cuando en el año 1776, bajo las órdenes de Pedro de Ceballos participa en la toma de la Colonia de Sacramento. En 1788 es enviado definitivamente a estas tierras para organizar la formación de unas cañoneras, vienen junto a él su hijo Luis y su primera mujer Juana de Menviel, pero ésta muere en 1790. Contrae enlace nuevamente en Buenos Aires con María Martina Sarratea, fallecida en 1804.
Una vez confirmado como virrey, se lo acusó de nepotismo, cohecho y peculado, y la clase alta se mostró escandalizada por su romance con la bella mauriciana de origen francés de apellido Perichon y apodada “La Perichona”.
Su gestión de gobierno se vio empañada por los acontecimientos producidos en España. Napoleón Bonaparte, había desplazado del trono al rey Fernando VII, designando a su hermano José Bonaparte. El Cabildo de Buenos Aires, dominado por el partido español, cuestionó duramente la ascendencia francesa de Liniers considerando que constituía un peligro para la estabilidad virreinal. En 1809 fue reemplazado por Baltasar Hidalgo de Cisneros, a pesar de la lealtad demostrada por Liniers, que se había negado a reconocer a Bonaparte y había jurado ser fiel a Fernando VII.
Apartado de la política, compró en febrero de 1810 la estancia de Alta Gracia, en la que se estableció hasta el 31 de julio de ese año. En la antigua residencia jesuítica encontró la tranquilidad necesaria para su agitada vida, acompañado de su numerosa familia. En carta a su amigo Vicente Echevarría, expresa: “Ya me tiene usted hecho un hombre campestre, ocupado solo del arado, del buey, del caballo, del molino, dando órdenes al albañil, al hortelano, al capataz, al peón, al domador y al carretero, con más gusto que cuando las dictara a una provincia y a un ejército…”. Sin embargo, siempre estuvo pendiente de las noticias llegadas de España y de Buenos Aires. Aunque no estaba en sus planes involucrarse en los acontecimientos políticos, no pudo sustraerse a su suerte.
La Revolución de Mayo de 1810, lo sorprendió en Alta Gracia. Instigado por el gobernador Juan Gutiérrez de la Concha, se unió al grupo que pretendía oponerse a la Primera Junta. Cuando se le informó de los sucesos de Buenos Aires, comentó: “…será necesario considerar como rebeldes a los causantes de tanta inquietud. Como militar estoy pronto a cumplir con mi deber. Y me ofrezco desde ya a organizar las fuerzas necesarias.”
Y agregó: “…la conducta de los de Buenos Aires con la Madre Patria, en la que se halla debido el atroz usurpador Bonaparte, es igual a la de un hijo que viendo a su padre enfermo, pero de un mal del que probablemente se salvaría, lo asesina en la cama para heredarlo.”
Llegó a juntar alrededor de 1500 hombres. Pero su ejército fue desbandado y Liniers junto a los otros líderes de la contra revolución, fueron detenidos el 7 de agosto. El 28 de julio ya la Junta había firmado su fusilamiento, hecho que se concretó el 26 de agosto de 1810, en el “Monte de los Papagayos”, cerca de la posta de Cabeza de Tigre, lugar cercano a la localidad actual de Los Surgentes. A raíz de este hecho, sus descendientes repudiaron el título de Conde de Buenos Aires, que fue trocado, con anuencia de la monarquía española, por el de Conde de la Lealtad.
Los restos de Santiago de Liniers descansan con honores en Cádiz, España, en el Panteón de los Muertos Ilustres de San Carlos.

Casa de Liniers en Buenos Aires

martes, 25 de noviembre de 2008

Noemí Lozada de Solla

Nació el 28 de febrero de 1921, falleció el 21 de enero de 2009. Creció en la que había sido la antigua Residencia de la Estancia Jesuítica de Alta Gracia. Fue su bisabuelo, Telésforo Lozada, quien hereda la Estancia de parte de Manuel Solares, y el encargado de donar las tierras a “pobres de notoria honradez” para la formación de la villa que es hoy la ciudad de Alta Gracia.
Fue ella quien, consciente del valor patrimonial de la casa de sus mayores, impulsó su declaratoria como Monumento Histórico Nacional en el año 1941 y promovió su expropiación en 1968.
Desde 1972 a 1977, cuando se inauguró oficialmente el museo bajo su dirección, se realizó una investigación documental y arqueológica que dio como resultado la restauración de la Estancia Jesuítica de Alta Gracia con una metodología que no era común en esa época y que sigue citándose como ejemplar por especialistas actuales.
Fue la primera directora mujer de un museo en la Argentina. Organizó una casa histórica-museo, convencida de que los museos son instrumentos de comunicación de altísima potencia, cumplen funciones educativas, custodian el patrimonio cultural, investigan y crean conocimiento, lo que los carga de una inusual responsabilidad y les exige un nivel ético y un desempeño profesional excepcional.
Cuando Noemí Lozada de Solla comenzó a poner en valor la Estancia Jesuítica de Alta Gracia, la importancia que tuvieron los Jesuitas para el desarrollo sociocultural de Hispanoamérica, no tenía la valoración social que hoy tiene. Por eso y en gratitud a su defensa de los valores espirituales que son el verdadero sustento de ese patrimonio, el Prepósito General de la Compañía de Jesús le otorgó en el año 1999 la Carta de Hermandad.
Recibió una distinción que solo se otorga a mujeres destacadas en nuestro país, el Premio Alicia Moreau de Justo “A una actitud de vida”. Recibe también, el Premio al “Museo más activo del país”, el Premio “Bamba” a los pioneros de Alta Gracia, Premio “Orden del Comechingón”, otorgado por el Rotary Club, por su tesonera labor preservando la historia de Alta Gracia, entre muchos otros. En el año 1997 es declarada Ciudadana Ilustre de Alta Gracia, por la notable labor desempeñada en pos de la conservación y rescate del Patrimonio Histórico de la ciudad.
Lideró un grupo humano, la Comisión del Proyecto, que generó la idea y gestionó la inclusión del legado jesuítico cordobés en la lista del Patrimonio de la Humanidad, sueño concretado en diciembre de 2000. La declaratoria de la Manzana y Estancias Jesuíticas de Córdoba como patrimonio cultural de la humanidad fue gracias al empeño, dedicación e inteligencia de esta mujer visionaria, que supo vislumbrar, antes que muchos otros, que la inclusión en la lista de la UNESCO, más que una distinción, era una oportunidad de crecimiento armónico a partir de una realidad compartida; y, más que considerarse heredera de los bienes tangibles que su familia le dejó, siempre se sintió heredera de un proyecto, de una gesta que dejó su marca indeleble en toda la historia iberoamericana.
Noemí Lozada de Solla, una mujer que esperó que su sueño sea entendido “no solo como el acceso a los bienes y servicios sino como la oportunidad de elegir un modo de vida pleno, satisfactorio, valioso y valorado, en el que pueda florecer la existencia humana en todas sus formas e integridad”, tal como lo pensaron los jesuitas hace más de 400 años.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Gabriel Dubois

Gabriel Simonnet nace en París el 25 de noviembre de 1873, su niñez transcurrió en el “cartier de la bourse”, su padre era sombrerero y plumista, tanto él como su esposa eran originarios de Auvernia.
A los diez años comenzó a trabajar en el atelier de Carrier Belleuse, escultor autor del monumento a Belgrano y maestro de Augusto Rodín, de quien Simonnet fue contemporáneo. Es de esa época en que por su talento lo llamaban Dubois, que era el nombre del director de la Escuela de Bellas Artes, así fue que adoptó ese seudónimo para toda la vida.
Participó en dos salones en el Grand Palais (Sociedad de artistas franceses), en los años 1890 y 1893. Viajó a Londres donde trabajó para la realeza haciendo varias obras y en Dublín la estatua de la Patinadora en el skating. En esa época contemporanizó con personajes como el escritor Gorki y un grupo de exiliados políticos entre los que se encontraban Malatesta, Lenín y el editor Rochefort.
En 1893 viaja a Bélgica donde trabaja para la corte haciendo retratos y documentando las distintas características de las tribus africanas de las colonias belgas.
Vuelve a París, y en 1895 decide partir a Sud América, aventurero y con pocos recursos llega a Buenos Aires como polizón. Se contacta con el escultor Lucio Correa Morales y trabaja con él en distintas estatuas que realizó en esa ciudad y en especial en el cementerio de La Recoleta.
En 1905 es nombrado director de la fábrica Azaretto, donde crea las obras que la empresa coloca en las mansiones más importantes de Buenos Aires.
Su obra más destacada es quizás la araña del Congreso, pieza única por su creatividad y tamaño: lleva los bustos de próceres como San Martín, Rivadavia, Belgrano, Saavedra, entre otros; bajorelieves de las principales batallas ganadas, en el centro la República, de la cual brotan espigas de trigo cuyos extremos son lámparas. Está hecha de bronce y cristal y pende de un cable de 80 metros desde la cúpula hasta el salón azul.
Obras de Dubois son: el plafonier del teatro Colón con los artefactos que lo adornan. Las principales arañas, escaleras y chimeneas del palacio San Martín, del Círculo Naval, del Círculo Militar, de la Casa Rosada, y de muchos palacetes que en el inicio del siglo XX se construían en Buenos Aires. Es autor, también, de los candelabros del Mausoleo a San Martín en la Catedral y los bustos de los presidentes Victorino de la Plaza y Figueroa Alcorta.
Desde 1914 dedicado a la actividad privada, realiza obras de gran belleza y precisión como joyero y orfebre, trabajando el nácar y el hierro forjado. Funde él mismo sus esculturas de bronce.
En 1932 se radica en Alta Gracia con su esposa María Luisa y su hijo Emilio, apodado Tití. Es aquí donde desarrolla su actividad en cerámica. Modela en arcilla, que él mismo buscaba en las sierras y preparaba, personajes indios, criollos y universales con una maestría y calidad desconocidas para la época. Sus terracotas tienen un sello único por su mo
delado y su pátina, creada por él, que les da imitación madera.
“La Peña”, su casa taller, era visitada por turistas y familias locales como los Lozada, los Ferrer Moratel, los Guevara Lynch, y personalidades del mundo intelectual y artístico de la época.
Trabajó sus últimos años junto a su hijo Tití, incorporándose en 1945 a su vida Jeanne y Luis Hourgras, quien es el único discípulo que tuvo.
Dubois fue un artista que trabajó en piedra, madera, los metales repujados y fundidos, el nácar, oro y la plata; excelente modelador en arcilla, dibujante y pintor en óleo y acuarela.
Falleció en Alta Gracia el 26 de marzo de 1968. Su hijo Emilio donó a la Municipalidad de Alta Gracia, la casa y las obras de su padre para la fundación del futuro museo “Gabriel Dubois”.

martes, 18 de noviembre de 2008

Cristian Moreschi

Cristian Moreschi nació en Alta Gracia el 4 de octubre de 1970.
Comenzó su carrera como periodista en R.A. 1 Radio Alta Gracia y después se desempeñó en diferentes medios locales.
Abogado, actualmente es conductor y productor general del programa de televisión "En voz alta" que emite el Canal 2 de Alta Gracia los miércoles a las 22 horas, con el que ganó el premio A.COR.CA 2001 en dos rubros: mejor programa de interés general de la TV por cable de la provincia de Córdoba, y mejor conductor. A nivel nacional, la Asociación de Televisión por cable de la República Argentina lo distinguió con el A.T.V.C. 1999 como mejor programa de interés general.
Desde 1995, Cristian Moreschi es el corresponsal de Cadena 3 Argentina en Alta Gracia y el Valle de Paravachasca. En dicho medio surgió "Camino de la Historia", un espacio dentro del programa "Viva el Domingo" emitido desde el año 2005, donde cuenta anécdotas de personajes, lugares, mitos y leyendas de Alta Gracia y sus sierras. Publica una primera recopilación de esas historias con gran éxito editorial, lo que lo lleva a hacer una segunda edición en 2006. En la actualidad prepara una segunda parte de sus relatos con la idea de extender "Camino de la Historia" a toda la provincia de Córdoba.

Baldomero Fernández Moreno

Hijo de padres castellanos, Baldomero Fernández y Amelia Moreno, nació en Buenos Aires, Argentina, el 15 de noviembre de 1886. Sus primeros años transcurrieron en un ambiente de abundancia, para padecer posteriormente una gran crisis económica.
A los 6 años se traslada junto a su familia a España, donde vive una infancia placentera y próspera.
En 1897, regresa a Argentina, donde inicia el Bachillerato, que continuará en España, para volver nuevamente a Argentina, donde culmina sus estudios, graduándose de Médico, en 1912.
Sin embargo, ya había incursionado en el mundo literario, admirando a Becker, Lugones, Darío y Antonio Machado, entre otros. Esta doble vocación de médico y poeta la desarrolla en Chascomús, ciudad de la provincia de Buenos Aires, donde instala su consultorio y escribe poemas. En 1914, se muda a Catriló, pequeño paraje en medio de la pampa.
En 1915, publicó “Las iniciales del misal”, su primer libro de poesías, comenzando poco a poco a dedicarse exclusivamente a esa actividad y abandonando la de médico, la que reemplazará por cátedras de Literatura e Historia.
En 1916, surge “Intermedio provinciano” y en 1917 “Ciudad”.
Conoce a Dalmira del Carmen López Osornio, que inspiró “Por el amor y por ella” (1918), contrayendo matrimonio con su musa, el 22 de enero de 1919.
En 1920 surge “Versos de Negrita” y entre 1921 y 1922 publica dos libros de tipo acumulativo: “Nuevos poemas” y “Mil novecientos veintidós”.En 1923 aparece “El hogar en el campo”, donde expresa experiencias de su propia vida en ese ámbito.
En 1925, preside la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritores, de reciente creación. Ese año se publica “Aldea española”, donde su evocación nostálgica de España se muestra en un etilo de formalismo poético. Esta obra lo condecora en 1926, con el Primer Premio Municipal de Poesía. De la misma época, data su libro “El hijo”.Se suceden a partir de entonces, sus creaciones en estilo de formalismo poético: “Décimas”, “Poesías” (ambas de 1928), “Sonetos” (1929), “Romances” y “Seguidillas” (ambas de 1936).
Fue padre de cinco hijos: César, Dalmira, Ariel, Manrique y Clara. A la edad de 10 años, fallece Ariel, en el año 1937. Este hecho sume al poeta en una profunda angustia. Escribe “Penumbra”, recién publicado en 1951, donde refleja sus sentimientos de tristeza y desesperación.
En 1941 reune lo mejor de sus escritos en “Antología poética”. En 1943, surgen “San José de Flores” y “La patria desconocida”.
En 1945 se convierte en abuelo, y su nieta le inspira el “Libro de Marcela”, publicado en 1951.
En 1949, aparece “Parva”, que recibió el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1950.
Este escritor post modernista, de estilo sencillo, le dedicó sus versos y sus párrafos al campo, a su aldea en España, a su hijo, a su nieta, a su amor, explorando el mundo de sus propias emociones.
Falleció el 7 de julio de 1950, víctima de un derrame cerebral.
Baldomero Fernández Moreno no vivió en Alta Gracia, sin embargo su paso por esta ciudad quedó plasmado en varios poemas, uno de ellos “El Jardín de los Lozada”, describe su visita a lo que es hoy el Museo Nacional Estancia Jesuítica de Alta Gracia y Casa del Virrey Liniers:

Escalón de piedra… confusa portalada,
reloj de sol, paloma, solitario ciprés,
estamos en el viejo jardín de los Lozada,
los abuelos tuvieron Alta Gracia a sus pies

Jardín abandonado, jardín medio deshecho,
tal vez en otros tiempos erguido de azucenas,
yo sólo me he atrevido a tocar un helecho,
a caminar despacio, a respirar apenas…

lunes, 17 de noviembre de 2008

Manuel de Falla

Nacido en Cádiz, el 23 de noviembre de 1876, con Isaac Albéniz y Enrique Granados, es uno de los músicos más importantes de la primera mitad del siglo XX en España.
Su madre y su abuelo lo introducen en las primeras nociones de la música a temprana edad, pero es recién en 1893 en que, asistiendo a un concierto, siente, según sus propias palabras, “su vocación definitiva es la música”. En 1896, comienza a viajar a Madrid perfeccionándose en el estudio de piano, logrando en 1899 un primer premio como intérprete del instrumento. Por esta época es cuando empieza a usar el “de” en su apellido, con el que será conocido. En 1901 conoce a Felipe Pedrell, quien tendrá influencia en su posterior carrera: despertará en él el interés por el flamenco, y en especial, por el cante jondo. Los años de estudio en la capital española culminaron con la composición de la ópera “La vida breve”, ganadora de un primer premio en un concurso convocado por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, composición por la que Falla tuvo que esperar ocho años para darla a conocer en Niza.
Afincado en París desde 1907, entró en relación con Claude Debussy, Maurice Ravel, Dukas y Albéniz. Allí también conoció y trabó amistad con Pablo Picasso.
La madurez creativa de Falla empieza con su regreso a España, en el año 1914. Es el momento en que compone sus obras más celebres y alabadas: “El amor brujo”, “El sombrero de tres picos” y “El retablo de maese Pedro”.
En 1919 se trasladó a Granada donde se rodea de un grupo de amigos entre los que se encontraba Federico García Lorca, a quien intentó por todos salvar del fusilamiento a manos del ejército nacionalista.
Los últimos veinte años de su vida, Manuel de Falla los pasó trabajando en la que consideraba había de ser la obra de su vida: la cantata escénica “La Atlántida”, sobre un poema en lengua catalana “Jacint Verdaguer”, en el cual veía reflejadas todas sus preocupaciones filosóficas, religiosas y humanísticas, pero quedó inconclusa y solo fue terminada, tras su muerte, por su discípulo Ernesto Halffter.


El 28 de septiembre de 1939, después de la guerra civil española, se exilió en Argentina, a pesar de los intentos del gobierno del general Francisco Franco, que le ofrece una pensión si regresa a España. Ubicado primero en Carlos Paz, es en Alta Gracia, en su chalet “Los Espinillos”, donde termina sus días, al cuidado de su hermana, ya que siempre estaba enfermo, el 14 de noviembre de 1946. Con autorización expresa del Papa Pío XII, sus restos fueron enterrados en la Cripta de la Catedral de Cádiz, donde se encuentran actualmente.